Ángela de la Cruz: una pintura en el mundo

De la música clásica al punk, pasando por la obra de Luis Buñuel o Londres como refugio.

A finales de los 80, una jovencísima Ángela de la Cruz (A Coruña, 1965), iba a estudiar en el Chelsea College of Art, el Goldsmiths y la Slade en Londres, una ciudad que, además de su educación, formaría parte idiosincrásicamente de su forma de ser. En un momento álgido de la política postThatcher y el final del reaganismo, el postpunk, la década prodigiosa de los Young British Artists, De la Cruz se instruye en Bellas Artes, después de haber cursado Filosofía en su Santiago natal. Una idea de urbe ácida, efervescente y de la que aún vemos rastros en su obra actual, formándola en el noble arte de cuestionar su práctica y aprender a hablar con ella y sobre ella.

Ángela de la Cruz en el estudio. Cortesía de la artista y Travesía Cuatro

La primera vez que te topas con una obra de De la Cruz, puedes sentir de cerca el material del que se sirve. Interesarse por la materia prima que usa –porcelana, PVC, cemento, lienzo, madera, aluminio reutilizado, o mesas danesas de teca mid-century en la actualidad– es inevitable, porque es capaz de fundirse con el medio, deshacer la pintura, ennudarla, construir una instalación escultórica y luego, volver a su origen.

Vista de “Bulto” en Travesía Cuatro CDMX. Fotografía cortesía de la galería

De sus primeras exposiciones en territorio nacional, allá por los primeros 2000, vemos su mítica pieza Homeless (1996), que refiere a una pintura que está y que quisiera estar en el mundo. Una obra indisoluble de la crudeza del desamparo urbano y de una intemperie social que hoy recorre nuestras ciudades como el síntoma más visible de un sistema crónicamente enfermo. Con esta piedra angular y a partir de ese diario de experiencia del mundo y de vida, Ángela de la Cruz, que huye de las limitaciones de la pintura expandida (un concepto que se quedó corto en el mismo momento que acuñaron el término), es capaz de encanar sus ideas, transformadas gracias a las manos de los numerosos asistentes de su estudio, de manera meticulosa, obsesiva, grupal.

Vista de “SUPER Bulto” en Travesía Cuatro. Fotografía cortesía de la galería

De una forma minimalista y osada, De la Cruz concibe su práctica como una manera de estar, y cohabitar una realidad intensa, excitante, pero también terrorífica, como parte de un trabajo procesual que nunca termina, encadenando (más bien, hilvanando), un trabajo con otro, como parte de un hilo rojo, aquel que guió a Ariadna y Teseo a la salida del laberinto.

Vista de “Bulto” en Travesía Cuatro CDMX. Fotografía cortesía de la galería

De sus obras exhibidas en Travesía Cuatro –de sus recientes shows individuales, BULTO y SUPER Bulto– vemos ecos de su mencionada Homeless, pero también de series posteriores que esbozaban la teoría del sortilegio del minimalismo, de la enzima que se inflama y catapulta. Materias toscas, industriales, convertidas en una masa moldeable que cuenta los avatares de un mundo, efectivamente blando y esponjoso, acuoso, endémicamente líquido y que retorna a sus inicios en un embrujo asintomático, en el que con trazas de Joan Brossa, del cataclismo conceptual de Luis Buñuel y su lectura goyesca y lo clásico de lo punk, que solo Ángela de la Cruz sabe sostener.

Vista de “Bulto” en Travesía Cuatro CDMX. Fotografía cortesía de la galería

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