Balkan Erotic Epic: música de los Balcanes

Marina Abramović​ en el Gran Teatre del Liceu.

Tirar del fino hilo de la sensualidad es, a todas luces, algo sencillo, mundano, fácil; un elemento extrasensorial que remite al cuerpo y que opera en claro contraste con el conservadurismo latente en la sociedad. En cierta manera, provocar no requiere un esfuerzo excesivo: basta con explotar aquello que el cuerpo ya contiene. La artista balcánica Marina Abramović (Belgrado, Serbia, 1946) conoce bien este mecanismo. Su vinculación temprana al arte contemporáneo se fragua en los años setenta junto a Ulay (1943, Solingen, Alemania – 2020, Liubliana, Eslovenia), con quien desarrolla algunas de las performances más significativas del canon performativo, como Rest Energy (1980).

La provocación directa y despojada ha estado siempre del lado de la performer serbia. En ocasiones reñida con una sencillez que se vuelve extravagante, Abramović es un cuerpo que siente y que convierte esa experiencia en materia performativa. Galardonada con algunos de los reconocimientos occidentales más importantes para un artista contemporáneo —el León de Oro de la Biennale de Venecia en 1997, concedido por Balkan Baroque—, Abramović es una artista de múltiples registros. Parte de su práctica consiste en compartir procesos y emociones que recorren el camino de lo individual hacia lo universal-historicista, puestos deliberadamente al servicio del público.

"Balkan Erotic Epic", de Marina Abramović. Fotografía por Marco Anelli, cortesía de Gran Teatre del Liceu
"Balkan Erotic Epic", de Marina Abramović. Fotografía por Marco Anelli, cortesía de Gran Teatre del Liceu

Aclamada por los grandes escenarios mainstream y sostenida, en parte, por las lógicas del mercado —discutidas con frecuencia por la crítica académica contemporánea, para quien mercado no es necesariamente sinónimo de calidad—, lo cierto es que la obra de Abramović ha contribuido de manera decisiva a situar la performance en el centro de la atención pública.

Si bien algunas de sus performances recientes adolecen de la contundencia de trabajos anteriores —como Seven Minutes of Collective Silence (2024), presentada en el Glastonbury Festival, más cercana a lo previsible que a la fricción—, otras alcanzan todavía cotas de gran intensidad. En ese linaje ampliado de la performance, donde el cuerpo se entiende como espacio de experiencia, resistencia y exposición, se inscriben también figuras como Lygia Clark, Martha Rosler, Esther Ferrer o Pilar Albarracín. En ese mismo contexto, Marina Abramović —junto a las estructuras institucionales que hoy articulan su práctica, como el Marina Abramović Institute— continúa desarrollando proyectos de gran escala. Firma ahora un espectáculo en el Gran Teatre del Liceu que hunde sus motivaciones en el folclore balcánico.

Apelar al desnudo o a la sexualidad como gesto de ruptura ya no resulta, por sí solo, un acto transgresor. Sin embargo, Abramović desplaza esa estrategia estético-artística hacia una búsqueda de sentido más visceral, conectada con imaginarios colectivos de mayor trascendencia. El espectáculo, estrenado en Manchester y presentado en Barcelona en un formato notablemente más reducido —de setenta a treinta y cuatro intérpretes—, se compone de trece escenas que remiten a tradiciones folclóricas yugoslavas.

"Balkan Erotic Epic", de Marina Abramović. Fotografía por Marco Anelli, cortesía de Gran Teatre del Liceu

De The Seven Deaths of Maria Callas a Balkan Erotic Epic, Abramović propone una insistente oda al cuerpo como instrumento, incorporando la música no como mero acompañamiento, sino como estructura ritualística y vehículo de transmisión cultural. A sus casi ochenta años, la artista no parece interesada en demostrar nada: su práctica se sostiene en una convicción profunda. Hay algo de retórico y de ceremonial en la superposición de leyendas, folclore, espectáculo interdisciplinar, sexualidad y biografía. Pero lejos de la provocación vacía, estas escenas —explícitas, sí— son claras reminiscencias de formas rituales arcaicas que atraviesan la historia del cuerpo y de la comunidad, como las prácticas mistéricas vinculadas al culto de Dioniso. Marina Abramović no inventa nada nuevo; insiste. Y en esa insistencia, todavía, encuentra (encontramos) sentido.

"Balkan Erotic Epic", de Marina Abramović. Fotografía por Marco Anelli, cortesía de Gran Teatre del Liceu

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