somos bajo una máscara que nos desconecta de nuestra esencia real en pos de seguridad superficial. ¿dónde reside nuestro verdadero yo?

Asistimos como sociedad a la derrota del rostro. En la actualidad, la vida se orquesta como una gran obra de teatro -al estilo de Truman- y nosotros hemos sido educados a vivir cada vez menos en la libertad y la honestidad y más en la oscuridad; en un personaje ficticio, creado para ser en la apariencia de los demás. Existimos bajo una máscara que nos desconecta de nuestra esencia real en pos de seguridad superficial. Esa máscara nos permite ser o no ser, y ésta hace las veces de instrumento pseudoliberador.

 

Dejando de lado las cuestiones etimológicas -pues persona en griego /prosopon-πρόσωπον/ también significa máscara- nos centraremos en la posición del individuo en sociedad en la era posmoderna y contemporánea. Con el avance de la humanidad hemos entrado en una etapa individualista y ególatra donde, a diferencia de los griegos, las máscaras no entrañan un aspecto positivo de simple diferenciación de individuos sino de opacidad del ser. Hacemos referencia a una tercera dimensión de la persona -la primera es cómo somos realmente y la segunda se relaciona con la visión que los demás tienen de nosotros- que corresponde a cómo queremos que nos vean y la proyección que hacemos de nosotros mismos. El ser humano actúa en función de esa máscara y está relacionada directamente con la segunda dimensión, en la que se puede hablar de conceptos como los estereotipos.

 

En la sociedad de la imagen nuestro rostro ha muerto y, como el dios Jano en la antigüedad, nuestras caras -y máscaras- se han duplicado. Diversos autores a lo largo de la historia han aportado su sustrato teórico a esta cuestión. El teórico y crítico de cine francés Jacques Aumont denuncia cómo nuestro rostro ha sido tan analizado y juzgado, que ha acabado por desfigurarse, tal y como podemos apreciar en la evolución del autorretrato a lo largo del tiempo. Es decir, hablamos de una sobreexposición -y sobrerrepresentación- que ha llevado a la despersonalización del propio ser humano.

 

Según diría el psicoterapeuta alemán Erich Fromm, una vez llegados a la etapa adulta nuestro sentido común se coloca la máscara de “normalidad”, o lo que prototípicamente asignamos como “identidad normal”. Es decir, el concepto de persona trae consigo el concepto de ser social y, por ende, acogernos en una identidad, una máscara que hará las veces de nuestro rol en el mundo, tanto público como privado. Así, nuestra identidad -máscara- varía constantemente y no al modo de Pessoa; somos individuos líquidos en una sociedad líquida.

 

Cabe preguntarnos, ¿son nuestras máscaras proyecciones de nuestro propio yo? ¿las redes sociales y los medios de comunicación han deformado nuestro rostro o ya éramos así? ¿las máscaras que oprimen el rostro son en realidad reveladores de la genuina verdad interior? ¿somos simples avatares sin rostro real? ¿tenemos algo que esconder o ya somos simplemente máscaras y cuerpos desdibujados? ¿dónde reside nuestro verdadero yo?

Categoría: no

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