¿Qué lugar ocupa hoy la naturaleza muerta en el arte contemporáneo? ¿Puede seguir funcionando como espejo de una sociedad en transformación vertiginosa? ¿O es simplemente un recordatorio de la fragilidad de todo aquello que creemos estable?
Con estas preguntas se abre paso este jardín posmoderno, un jardín que no aspira a la inocencia sino a la lucidez. La exposición Las Flores del paraíso, de los artistas Adriana Berges y Jorge García, curada por Omar-Pascual Castillo en la Galería Arte A Ciegas (Madrid), reúne dos aproximaciones radicalmente distintas a la flor (uno de los principales motivos clásicos de la naturaleza muerta), pero que comparten una misma operación conceptual: resimbolizarla. Es decir, despojarse de su lectura tradicional y devolverla al presente cargada de significados nuevos, incómodos, así como contradictorios.
La naturaleza muerta, en su versión más introspectiva, la vanitas, advertía al espectador sobre la caducidad de todas las cosas. La flor, dentro de esa tradición, era un símbolo directo de lo efímero: la belleza destinada a marchitarse. En el contexto actual, saturado de imágenes inmediatas y percepciones aceleradas, esa lección parece, paradójicamente, más urgente que nunca.
La Galería de Arte A Ciegas, fundada y dirigida por Silvana Retamal, reafirma su compromiso con la visibilidad y el acompañamiento a artistas emergentes. Su programación incorpora de manera regular dúo projects, tanto en la galería como en ferias de arte, concebidos como espacios de intercambio entre dos artistas cuyas obras dialogan dentro de un marco común. Desde su apertura en 2018, la galería se ha consolidado como un espacio cercano y cuidadoso, donde la relación entre galerista, artista y coleccionista constituye el eje fundamental del proyecto.
Adriana Berges (Madrid, 1992) desarrolla una pintura situada entre la tradición paisajística y la estética digital, explorando cómo las pantallas y los archivos de Internet transforman nuestra percepción del color, la forma y la mirada. Su investigación doctoral sobre los paisajes virtuales y el “giro icónicoˮ complementa una trayectoria expositiva que se extiende de Sevilla a Oslo, Dubái o Miami, y que cuenta también con obra en diversas colecciones. Berges construye un corpus que indaga en la relación entre tecnología, memoria pictórica y experiencia visual contemporánea.
Por su parte, el artista plástico multidisciplinar afincado en Madrid, Jorge García, articula una práctica que abarca instalación, vídeo, fotografía, dibujo y objeto, investigando cómo el individuo se enfrenta a las estructuras sociales y a las tensiones históricas que lo configuran. Su obra, presente en colecciones institucionales y privadas, ha recorrido un amplio circuito internacional, consolidando un lenguaje crítico que combina materialidad e imagen para cuestionar nuestras formas de mirar y de situarnos en el mundo contemporáneo.
En Flores del paraíso, el jardín no es un refugio bucólico, sino un escenario donde se cruzan tensiones muy presentes en nuestra vida contemporánea: la saturación sensorial, la artificialidad creciente de la experiencia visual y la necesidad de recuperar un vínculo más sincero con lo natural.
En el caso de Adriana Berges, la pintura floral que presenta está filtrada por una memoria visual atravesada por la pantalla: colores que vibran como si tuvieran luz propia, formas que parecen expandirse más allá del soporte. Pero, lejos de glorificar la estética digital, la artista la pone en duda. Las flores que representa no son documentos botánicos ni símbolos románticos, sino fragmentos de una mirada que intenta reaprender a ver en una época en la que todo es refractado por lo tecnológico.
Hay en su trabajo una conciencia de la saturación contemporánea, pero también un deseo de encontrar un ritmo más pausado: un jardín que no existe en ninguna geografía concreta, sino en el espacio interior de quien lo contempla. Sus composiciones funcionan como una negociación entre la imagen digitalizada y la experiencia sensorial directa, una búsqueda de equilibrio entre lo inmediato y lo contemplativo.
Frente a esta visión, Jorge García propone un jardín de naturaleza completamente distinta: un jardín manufacturado, casi bélico, donde los materiales industriales (metales, superficies espejadas, impresiones de alto contraste) convierten la belleza floral en un gesto ambiguo. Lo que en principio podría leerse como un homenaje visual al color y la luminosidad, incluso a lo kitsch, termina revelando una pulsión inquietante: la tensión entre seducción y amenaza.
Su uso intensivo de tonos rosas y fucsias, lejos de caer en la estética amable que esos colores suelen evocar, se torna chirriante y abrasivo. Es una flor que hiere, porque funciona como mascarada de una violencia estructural: alambradas miniaturizadas, formas punzantes, superficies que reflejan al espectador como si este fuera parte del dispositivo. En sus piezas, la flor deja de ser símbolo de vida para convertirse en un residuo de un mundo que industrializa incluso aquello que le resulta más frágil.
Puestas en diálogo, las obras de Berges y García conforman un jardín posmoderno que oscila entre la memoria y la distorsión, entre el deseo de belleza y la imposibilidad de alcanzarla sin fricciones. Es un jardín del “mientras tantoˮ: mientras las pantallas gobiernan nuestra percepción, mientras la tecnología se infiltra en nuestras emociones, mientras la violencia se disfraza de estética y la estética se impregna de violencia.
Quizá por eso este jardín funciona tan bien como metáfora del presente: un espacio donde lo vivo y lo artificial compiten por llamar nuestra atención, donde la fragilidad es tan evidente como la saturación visual que la rodea. En él, la naturaleza muerta deja de ser un género estático para convertirse en un tablero de juego simbólico que refleja nuestro tiempo sin necesidad de afirmarlo explícitamente.