Poole, Reino Unido, 1965
Melanie ha desarrollado una práctica capaz de analizar las contradicciones de la modernidad desde una perspectiva crítica y visualmente compleja. Sus proyectos abordan cuestiones como el crecimiento urbano descontrolado, las lógicas del capitalismo global, la relación entre naturaleza y artificio o la fragilidad de las estructuras sociales contemporáneas. Y lo hace a través de un lenguaje muy híbrido, donde conviven pintura, vídeo, instalación y performance.
Me interesa especialmente cómo sus obras utilizan gramáticas fragmentadas con una gran fuerza visual. Tiene una enorme capacidad para producir imágenes ambivalentes: obras que resultan seductoras visualmente pero que, al mismo tiempo, contienen una dimensión profundamente inquietante. Esa tensión es muy poderosa porque obliga a quien las contempla a posicionarse críticamente. Hay en su trabajo un interés sobre el color, que también me ha interesado desde siempre, y una reflexión constante sobre la idea de progreso y sobre las consecuencias ecológicas, políticas y culturales de determinados modelos de desarrollo.
Valencia, 1950
Es una artista fundamental porque ha construido un lenguaje singular, reconocible y coherente durante décadas. Su obra trabaja con la memoria, con los restos, con los objetos encontrados y con aquello que la historia oficial suele dejar fuera del relato. Sus piezas hablan del cuerpo, de la violencia, de la infancia, de la identidad y, especialmente, de las estructuras culturales que han condicionado la experiencia de las mujeres.
Fue pionera a la hora de emplear materiales que ahora vemos a menudo en otras artistas contemporáneas, como cerámica, textiles y todo tipo de objetos de mercadillos. Además su dimensión arqueológica, lo arqueológico está presente en su trabajo a través de de un lenguaje de lo cotidiano, lo doméstico y la memoria que me fascina.
Además, ocupa un lugar clave porque pertenece a una generación de artistas que tuvieron que abrir espacio en un sistema artístico profundamente masculinizado. Su relevancia no reside solo en la calidad de su trabajo, sino también en la manera en que ha ampliado las posibilidades del lenguaje artístico contemporáneo en España.
Málaga, 1977
Me interesa especialmente su práctica interdisciplinaria, que se caracteriza por un examen crítico de la supuesta objetividad del conocimiento científico, utilizándolo como base para construir relatos con teorías ecofeministas, biofilosofía y ficción especulativa.
Las imágenes que crea entrelazan elementos de la ciencia ficción, la astronomía, la botánica, la geología y las disciplinas telúricas, dando lugar a criaturas y diversas hibridaciones que trascienden dualismos convencionales como mineral/vegetal, vivo/inerte, extraterrestre/terrestre y microcosmos/macrocósmos.
A través de su singular lenguaje pictórico, construye densos universos plurales sostenidos por materia vibrante y organismos multiespecie que evocan memorias futuras y simbiosis ancestrales.
Microbios, moluscos, bacterias, corales, hongos, flores, insectos, fantasmas y micorrizas forman parte de sus motivos visuales una comunidad más allá de lo humano, Las obras exploran temas de interdependencia y ecocentrismo, fomentando relaciones de empatía y modalidades alternativas de percepción más allá de lo humano, apelando en última instancia a una conciencia colectiva postantropocéntrica o incluso a otro planeta: uno extractivizado y postfósil.
CDMX, México, 1974
Por el modo en que trabajo cuestiona las formas tradicionales de producción de conocimiento y propone otras maneras de relacionarnos con la memoria, la tecnología y el entorno. Su práctica es profundamente interdisciplinar: combina sonido, organismos vivos, lenguaje, máquinas, artesanía, archivo y procesos colectivos para activar relaciones inesperadas entre cuerpos, territorios y sistemas de transmisión cultural. Hay en su obra una voluntad constante de escuchar aquello que normalmente queda fuera de los discursos dominantes y especialmente atender a lo no humano Compartimos un profundo interés en la investigación de las iinteligencias y sensibilidades más allá de lo humano.
Me interesa cómo trabaja desde la traducción y la resonancia entre distintos saberes —manuales, científicos, ancestrales, tecnológicos— sin establecer jerarquías entre ellos. Esa capacidad de conectar temporalidades,formas de conocimiento diferentes y filosofías postantropocéntricas resulta hoy muy pertinenteEn ese sentido, su trabajo encarna muy bien una idea contemporánea del arte como herramienta de mediación entre comunidades, memorias y ecosistemas.
Zúrich, Suiza, 1955
Lleva décadas investigando cuestiones que hoy son absolutamente urgentes: la crisis climática, el extractivismo, las migraciones, la relación entre recursos naturales y geopolítica o las formas de conocimiento no occidentales. Es una auténtica pionera. Su relevancia reside precisamente en haber anticipado muchos de los debates contemporáneos actuales sobre sostenibilidad, territorio y justicia climática desde una práctica artística rigurosa, poética y profundamente política.
Me interesa especialmente cómo cuestiona las divisiones tradicionales entre naturaleza y cultura, entre ciencia y arte, o entre humano y no humano. Sus proyectos proponen otras formas de imaginar nuestra relación con el planeta y con los ecosistemas.
Además, Ursula Biemann entiende el arte como una práctica de conocimiento expandido. Sus obras no buscan ofrecer respuestas simples, sino generar nuevas formas de percepción y de conciencia ecológica. Y eso resulta fundamental en un momento histórico marcado por la necesidad de repensar nuestros modelos de vida y de convivencia.
Blanca de la Torre es doctora en Bellas Artes, licenciada en Historia del Arte y Máster en Diseño de Espacios Expositivos. Cuenta con una sólida y contrastada trayectoria internacional en el ámbito del comisariado de exposiciones, la investigación, la gestión cultural y la dirección de proyectos artísticos.
Desde abril de 2025, ocupa la dirección del IVAM (Institut Valencià d’Art Modern). Con anterioridad, ha desempeñado cargos de máxima responsabilidad artística en el circuito internacional, destacando su labor como comisaria jefa de la Bienal de Helsinki (Finlandia), de la 15.ª Bienal Internacional de Cuenca (Ecuador) y su papel como codirectora de proyectos de referencia como Overview Effect en el Museo MoCAB de Belgrado. Asimismo, destaca su especial vinculación con el arte y la ecología política al frente del Aula Sostenible y el proyecto Con los pies en la T(t)ierra en el CAAM (Centro Atlántico de Arte Moderno).
A lo largo de su carrera, ha formado parte de los equipos curatoriales de museos españoles de referencia como el ARTIUM de Vitoria-Gasteiz y el MUSAC de León. Su firma como comisaria independiente respalda proyectos en centros de arte y museos de primer orden en Europa, Asia y América (incluyendo destacadas instituciones en Nueva York, México, Colombia, Polonia o India). Esta labor se complementa con su participación en comités asesores internacionales, la publicación de más de un centenar de textos especializados y su presencia regular como conferenciante y jurado en encuentros teóricos globales.
¿Qué significa que un museo sea responsable de su territorio, geográfico, cultural, humano?
Significa entender que no existe aislado, sino en diálogo constante con el lugar que habita y con las personas que lo conforman. Ser responsable implica cuidar el ecosistema cultural local, generar pensamiento crítico, trabajar desde la inclusión y crear redes con artistas, colectivos, barrios y agentes, en el sentido más amplio del término.
En el caso del IVAM, nos gusta pensarlo como un museo anfibio, como una institución capaz de moverse entre distintos ecosistemas y adaptarse a ellos. Igual que los seres anfibios viven entre el agua y la tierra, el museo contemporáneo debe habitar simultáneamente diferentes realidades: la artística, la social, la medioambiental, la digital o la comunitaria.
Un museo anfibio no se limita a las paredes del edificio ni entiende la cultura como algo separado de la vida. Es una institución permeable, en escucha constante, que genera relaciones con su territorio y con las comunidades que lo rodean. Puede actuar dentro del museo, pero también fuera: en el espacio público, en los barrios, en diálogo con otros saberes y disciplinas.
¿En qué momento el museo deja de ser un espacio de contemplación y se convierte en un espacio de construcción colectiva?
En el momento en que entiende que el conocimiento no se produce de forma unidireccional, sino compartida. Cuando la institución deja de hablar solo desde la autoridad y empieza también a escuchar, a dialogar y a incorporar otras voces y saberes.
La contemplación sigue siendo importante; necesitamos espacios para detenernos, pensar y mirar. Pero hoy el museo ya no puede limitarse a ofrecer una experiencia pasiva. Debe generar contextos de participación, mediación y encuentro donde artistas, comunidades y públicos formen parte activa de la construcción de significado.
Esa construcción colectiva sucede cuando el museo se abre a su territorio, cuando trabaja con diversidad de agentes y cuando entiende la cultura como una herramienta para imaginar formas de vida más críticas, inclusivas y sostenibles. El museo contemporáneo no solo exhibe relatos: también los negocia, los cuestiona y los construye junto a la ciudadanía.
¿Puede el arte contemporáneo llegar a personas que ya han decidido que no les pertenece ese mundo, y si no puede, qué responsabilidad tiene la institución en eso?
El arte contemporáneo sí puede llegar a personas que sienten que ese mundo no les pertenece, pero para ello la institución tiene que asumir una autocrítica profunda. Durante mucho tiempo, los museos han construido códigos, lenguajes y dinámicas que han generado exclusión, aunque no siempre de forma consciente.
La pregunta importante no es por qué ciertos públicos no vienen al museo, sino qué ha hecho el museo para que muchas personas sientan que ese espacio no está pensado para ellas. Ahí la responsabilidad institucional es enorme. Un museo público no puede dirigirse solo a quienes ya poseen las claves culturales o académicas para descifrar el arte contemporáneo. Tiene la obligación de generar mediaciones, relatos y formas de acceso más abiertas, más sensibles y menos jerárquicas. Y eso no significa simplificar el arte, sino ampliar las posibilidades de relación con él.
El museo debe convertirse en un lugar donde diferentes experiencias de vida puedan sentirse legitimadas. Cuando alguien entra y percibe que su mirada también tiene valor, entonces el arte deja de ser un territorio ajeno y empieza a convertirse en una experiencia compartida.
¿Cómo imaginas una colección viva dentro de veinte años, quién la custodia, quién la discute, quién la transforma?
Imagino una colección viva como algo mucho menos estable y mucho más poroso de lo que tradicionalmente hemos entendido por colección museística. No un conjunto cerrado de obras legitimadas para siempre, sino un espacio en transformación constante, atravesado por debates sociales, políticos y afectivos.
Dentro de veinte años, la custodia de una colección no dependerá únicamente de departamentos de conservación o direcciones artísticas. Seguirá habiendo una responsabilidad institucional, por supuesto, pero cada vez será más importante la participación de comunidades, personal investigador, artistas y públicos capaces de cuestionar los relatos heredados y proponer nuevas lecturas.
Las colecciones no son neutrales: contienen ideologías, ausencias y jerarquías. Por eso una colección viva es también una colección discutida. Necesita ser interpelada continuamente para preguntarse qué memorias conserva, cuáles excluye y desde qué lugar habla. Creo que el futuro del museo pasa menos por preservar un canon fijo y más por generar estructuras abiertas donde las obras puedan activar conversaciones contemporáneas.