En 2026, la Bienal de Venecia vuelve a concentrar algunas de las principales tensiones del arte contemporáneo internacional. Desde 1895, el evento funciona como un dispositivo de validación cultural donde cada pabellón nacional construye una imagen política, estética e histórica de su contexto. Estar en Venecia implica entrar en un sistema de visibilidad atravesado por instituciones, coleccionistas, comisarios y artistas que definen buena parte del discurso global del arte. La presencia cubana en la Bienal se ha consolidado de forma progresiva en las últimas décadas, en paralelo a la expansión internacional del arte producido en la isla y a su circulación en circuitos globales.
En esta edición, Cuba estará representada por Roberto Diago (La Habana, 1971), una de las voces centrales del arte afrocubano contemporáneo. El proyecto está curado por Nelson Ramírez de Arellano Conde y bajo la comisaría de Daneisy García Roque. La exposición, abierta del 9 de mayo al 22 de noviembre, se presenta en Il Giardino Bianco – Art Space, en Via Garibaldi 1814.
El proyecto que presenta en Venecia recibe el título de Hombres libres [1](2025), una propuesta en la cual Diago profundiza en las líneas centrales de su investigación: la violencia heredada, la memoria racial y las formas de supervivencia construidas desde la diáspora afrodescendiente. La instalación reúne un conjunto de cabezas escultóricas de distintas dimensiones que avanzan frontalmente hacia el espectador. Sus superficies aparecen atravesadas por soldaduras, grietas, quemaduras y relieves que recuerdan queloides. El metal oxidado, la madera erosionada y los materiales recuperados construyen cuerpos marcados por la violencia y la historia. La disposición en bloque elimina cualquier posibilidad de lectura individualista y obliga a enfrentar la obra como un cuerpo colectivo.
Desde hace más de tres décadas, Roberto Diago desarrolla un lenguaje basado en el ensamblaje de objetos encontrados y estructuras fragmentadas que dialogan con la experiencia afrodescendiente en Cuba. Su práctica se sitúa en relación con el legado afrocubanista iniciado por su abuelo, el pintor Roberto Juan Diago Querol (1920–1955). Sin embargo, esta relación no se plantea como una continuidad armónica, sino como un desplazamiento crítico hacia un territorio más áspero y social. Si aquel momento histórico incorporó la subjetividad negra dentro del modernismo cubano, la obra de Diago se sitúa en sus consecuencias: las formas de exclusión que ese reconocimiento no resolvió, sino que reordenó bajo nuevas jerarquías. Diago trabaja desde las consecuencias contemporáneas de esa historia: exclusión, racialización, pobreza estructural y resistencia cultural.
La obra de Diago siempre se ha constituido desde esa fricción entre materia y memoria. Sus ensamblajes cargan el peso de una violencia histórica que permanece activa en el presente cubano y en las estructuras culturales heredadas del colonialismo. Cada pieza funciona como una representación física y monumental, atravesada por el lenguaje simbólico del desgaste. Las cicatrices sobresalen, ocupan la superficie y rechazan su ocultamiento. Las esculturas no aparecen como retratos individuales exentos; forman una presencia colectiva, compacta, social, casi procesional. Avanzan ocupando el espacio con una contundencia silenciosa. Diago trabaja la forma —o tipología— cabeza como territorio político: un lugar donde identidad, violencia y resistencia permanecen inscritas.
En este proyecto, la libertad no aparece asociada a ninguna idea abstracta de emancipación. Surge desde la supervivencia, desde la capacidad de exhibir y sostener la memoria sin suavizarla. Los cuerpos de Hombres libres muestran las marcas de la violencia sin transformarlas en espectáculo. Hay dignidad, pero también dureza. La precariedad material de las piezas evita cualquier gesto monumental complaciente. Todo permanece expuesto: la costura, el remiendo, el accidente, la corrosión. La temporalidad dentro de su obra tampoco responde a una lógica lineal. Pasado y presente aparecen superpuestos sobre las superficies corroídas de sus piezas. La precariedad estructural de las piezas no busca una poética de la ruina, sino insistir en que no hay nada neutral en la forma en que se construyen los cuerpos ni en cómo se los mantiene visibles.
La participación de la Galería Artizar [2] en la producción del pabellón refuerza una línea de trabajo centrada en la proyección internacional del arte cubano contemporáneo desde prácticas de fuerte densidad crítica. Fundada en 1989 en San Cristóbal de La Laguna, la galería nació en un contexto con escasa infraestructura para el arte contemporáneo, impulsando inicialmente la escena local y contribuyendo a la construcción de tejido cultural en Canarias. Con el tiempo, amplió su programa hacia artistas de ámbito nacional e internacional y consolidó una línea curatorial dedicada al arte cubano, sostenida en el vínculo histórico entre Canarias y el Caribe, lo que ha permitido articular una circulación estable entre ambas escenas.
En el caso de Roberto Diago, la relación con la galería se ha desarrollado como una relación sostenida y recurrente en el tiempo, no como una colaboración puntual. Artizar ha incluido obra del artista en distintos proyectos expositivos y ha participado activamente en la proyección internacional de su trabajo, especialmente dentro de su importante labor curatorial centrada en el arte cubano contemporáneo.
En Venecia, Hombres libres ocupa un espacio permeado por representaciones nacionales, diplomacia cultural y tensiones geopolíticas. En ese contexto, la propuesta de Diago introduce una lectura frontal de la memoria colonial y sus consecuencias contemporáneas. La participación de Cuba se inscribe así en un escenario donde la circulación del arte está profundamente condicionada por dinámicas políticas globales, en un sistema en el que algunos países han sido excluidos o vetados de circuitos culturales europeos, mientras otros continúan siendo integrados bajo marcos históricos desiguales. En ese sentido, la Bienal sigue operando como uno de los principales dispositivos de validación del arte a escala global desde Europa.
La cuestión no es solo qué muestra Cuba en Venecia, sino cómo lo hace y bajo qué formas de legitimación se activa su presencia en ese espacio. Roberto Diago insiste, en última instancia, en una idea incómoda para el propio contexto institucional que lo acoge: la violencia histórica permanece adherida a los cuerpos, a los materiales y a las estructuras sociales que organizan la realidad contemporánea. En Hombres libres, esa memoria avanza hacia el espectador convertida en materia oxidada, cicatriz y supervivencia.
NOTAS AL PIE
[1] Vídeo de “Hombres libres”.
[2] Para más información: Galería Artizar y la Bienal de Venecia.