La literatura en torno a las propuestas curatoriales se deshace en jirones si carece de una solidez formal detrás. Florit Florit –antigua L21–, el proyecto impulsado por Óscar Florit, parece tener esto firmemente interiorizado en el tuétano de su propia idiosincrasia. Consolidada como una de las grandes apuestas del contexto balear, la galería demuestra una vez más su capacidad para desplegar lecturas estético-espaciales complejas, en un equilibrio constante entre teoría y materia, defendiendo una propuesta fresca dentro del panorama contemporáneo.
Tras el umbral, la planta baja te recibe con un esquematismo pictórico formalmente cromático, casi como un ejercicio de reducción visual absoluta. Stephen Felton (Buffalo, Nueva York, 1975) trabaja desde un medido proceso que remite a una economía expresa a partir de fondos planos y líneas desnudas, aparentemente rápidas, para narrarnos las densidades y capas del propio acto de la pintura. Su práctica, que bebe de las corrientes vanguardistas y simbolistas de principios del siglo XX, se encamina hacia una propuesta luminosa, esencialmente cromática y con una visceralidad contenida que bascula entre la gravedad y la ligereza conceptual.
En la planta superior vivimos una mutación de ese luminismo hacia una figuración espectral, densa y marcadamente simbólica. Nos movemos en un ecosistema que baila entre la melancolía que caracteriza a los relicarios de neón –cuyos gases ya están prohibidos en España– y la destacada pieza audiovisual Uncanny Valley. Este proyecto de Karlos Gil (Talavera de la Reina, Toledo, 1984) oscila entre la repulsa y la extrema extrañeza (al modo de Sastre) de los doppelgängers cyborgs. Se trata de un imaginario bañado por la ciencia ficción, la obsolescencia y lo post-humano que hace dialogar a la máquina con la biología, encontrando su eco en una pieza escultórica a modo de ruina tecnológica instalada en la sala contigua.
Unas apuestas coherentes que remiten a lo esencial, a la autorreflexión y a la base matérica del arte actual.