Como las viejas leyendas, todo empieza con una tormenta. El personaje principal –Elsa– no puede dormir por un dolor de cabeza punzante y profundo, que augura una amarga y cruda sensación de inquietud y desazón; en ese presentimiento podría leerse en la obra de Pedro Almodóvar una idea esencial —el arte como premonición, el Así que pasen cinco años lorquiano— que aquí queda sublimada desde el inicio. Toda la acción se desarrolla en torno a un grupo de personajes femeninos cuyos maridos, hijos o jefes orbitan alrededor de ellas[1], como ocurre en las grandes novelas rusas del siglo XIX. Mujeres atormentadas –o tormentosas– embebidas de un luto sutil o explícito, que barre las escenas, creando dos historias, situadas en modo especular, en un afán metaliterario tan característico de la retratística del cineasta manchego, pero que no deja de reflejar, al fin y al cabo, la mirada del espectador interpelado. La muerte del narrador omnipresente y todopoderoso que cambia el destino de los personajes a su libre albedrío –como diría Roland Barthes– traspasa el umbral para convertir el relato en un laberíntico cuento con un sinfín de interpretaciones.
Como en la Cueva de Montesinos cervantina, Elsa desciende, desde Madrid a Lanzarote, a enfrentarse a sus propios fantasmas. Viaja para apoyar a su amiga Patricia, que sufre un mal de amores del que no logra desprenderse, y, posteriormente, a Natalia, absorta en un desconsuelo profundo y existencial, que la mantiene en un estado de vigilia. Pero, en realidad, se ayuda a sí misma, inspirada y encendida por su propia historia, conectada con una narrativa que volverá a suceder décadas después, repitiendo patrones, escenarios, auras y caracteres. El empeño autobiográfico almodovariano empaña continuamente la lente cinematográfica: la delgada línea que separa la ficción de la realidad, presente desde la primera imagen, envuelta en una bruma musical excelsa, en diálogo con una fotografía de aguda sensibilidad cromática, crepuscular y visionaria.
La muerte, la introspección y los heraldos negros que planean continuamente sobre la escena, como parte del imaginario de los últimos films de Almodóvar –véase La habitación de al lado (2024) o Dolor y gloria (2019), y de otro modo Madres paralelas (2021)– tiñen las secuencias de un duelo agrio y punzante, en una atmósfera liviana y pegajosa. El ejercicio de maestría cinematográfica, el empeño del autor que escribe su propia historia (¿o que la escriben?), el concepto divinamente folclórico que forma parte de los protagonistas, como parte de lo que la película construye. El pueblo, el Retiro, Madrid en Navidad, la isla de Lanzarote –ya prefigurada en Los abrazos rotos (2009)–, como entes simbólicos desplegados como roles principales en sí mismos.
Amarga Navidad, que toma su título de la canción homónima de Chavela Vargas, encuentra en ella su inspiración, a partir de esta composición que hizo profundamente suya ya en el ocaso de su carrera, pocos años antes de morir. El cine, como la música, canta su destino: una Navidad heladamente amarga, que, como la hiel, escupe nuestros últimos hálitos en un film desnudo, sin grandes conflictos, solo uno, esencial: la muerte que nos acecha de una u otra forma, en diálogo con la inspiración, el arte, las relaciones y la vida que los comprende.
NOTAS AL PIE
[1] De hecho, en ocasiones no vemos ni al propio personaje masculino en sí, solo se le nombra.