Las ciudades están llenas de formas que parecen permanentes: estatuas, pedestales, nombres, placas. Elementos que fijan una versión del pasado y la presentan como incuestionable. Pero toda memoria es una construcción, y toda construcción puede cambiar. El trabajo de Iván Argote comienza precisamente en ese punto: en el momento en que aquello que parecía estable revela su fragilidad.
Desde 2012, el artista ha desarrollado una práctica centrada en el espacio público como un territorio donde se cruzan historia, poder y experiencia cotidiana. Sus obras parten de una pregunta persistente: ¿quién decide lo que merece ser recordado y qué historias han quedado fuera del relato?
El monumento, símbolo por excelencia de permanencia, aparece en su trabajo como un objeto vulnerable. Argote lo cubre, lo desplaza, lo rodea de espejos o lo recontextualiza, revelando las ausencias que sostienen la memoria oficial, especialmente en relación con las narrativas coloniales. En sus manos, aquello que fue pensado para durar se vuelve temporal, revisable, abierto a otras lecturas.
Sin embargo, la dimensión política de su trabajo se articula desde el afecto en vez la confrontación. El artista habla de una forma de resistencia basada en la ternura radical. “La ternura y el afecto son ultra necesarios, más aún en momentos como los que vivimos”, señala Argote. “No se trata de suavizar las posiciones ni de generar compromisos tibios, sino de encontrar en los afectos un combustible para enfrentar la dureza del mundo y no reproducir el lenguaje de quien oprime”.
Para él, la noción de ternura radical busca precisamente eso: no amedianar la fuerza de las posiciones, sino encontrar en los afectos la energía para darle la vuelta a las situaciones. “Es la solidaridad y las redes de afecto que nos ayudan a sobrepasar y trascender”, afirma. En momentos de choque, insiste, hay que ser recursivo, no caer únicamente en el lenguaje de quien oprime, sino también generar otros lenguajes.
Esta lógica atraviesa tanto sus intervenciones críticas sobre el patrimonio como sus proyectos de gran escala. En Dinosaur (2024), su monumental paloma instalada en el High Line de Nueva York, Argote eleva a una figura marginal al lugar tradicionalmente reservado a héroes y figuras de poder. La obra funciona como un monumento a los indeseados, proponiendo un cambio de paradigma: ¿podemos aprender a amar aquello que normalmente es rechazado?
“Es un monumento a los indeseados, a los mal amados, que pone como centro de atención el ícono de la paloma callejera”, explica el artista. “Un animal que nos ha acompañado por siglos y que hoy es vista como una plaga. Propone un cambio de paradigma y de mirada”. En el fondo, sostiene, es una obra sobre la empatía que nos pregunta si podemos amar lo que usualmente es repudiado.
Una vez en el espacio público, la pieza comienza a transformarse a través de su relación con la ciudad. “La escultura pública se nos va siempre de las manos”, reconoce Argote. En Nueva York, la obra ha sido apropiada por los transeúntes de mil formas, hay incluso una petición para que no la retiren, ha generado dinámicas inesperadas e incluso ha convocado a comunidades dedicadas al cuidado de palomas y de otras especies urbanas. “Verla, vivirla y ver la reacción de la gente día a día, ha sido una gran alegría para mí. Se despierta en los rostros algo, la gente se alegra y divierte, y al tiempo, el mensaje es claro, la gente lo entiende muy bien”.
A pesar de las transformaciones recientes y el cuestionamiento de lo urbano en la era post-pandemia, la ciudad sigue siendo un organismo vivo para Argote: “la ciudad sigue muy viva, sin duda ahora tenemos mediación de lo digital, pero la calle aún se encuentra la gente, se sale a caminar, se va al trabajo, a las escuelas y universidades”, señala.
“En la calle se cruzan mil historias que cuentan una gran historia colectiva de injusticias y poderes, pero también de culturas, amores y afectos”, continúa el artista. Aunque lo digital pueda generar formas de aislamiento, el espacio urbano continúa siendo el lugar donde ocurren los encuentros, las celebraciones, los conflictos y también las resistencias sociales. “Desde la pandemia han habido varios despertares de distintas sociedades, en Colombia, en Estados Unidos y muchos otros países, en donde han habido grandes movimientos sociales. Hoy lo vemos en Mineápolis, la gente ha salido a resistir a la opresión”.
En sus proyectos más recientes, esa atención se desplaza hacia una escala casi imperceptible. En Una Lucha de Paisajes, exhibición que actualmente presenta en la galería Albarran Bourdais de Madrid, Argote recorrió la ciudad reparando pequeñas grietas del pavimento con cemento pigmentado e incorporando en ellas breves frases que aparecen ante el transeúnte como interrupciones poéticas en su recorrido cotidiano.
Las piezas de bronce que surgen de esta acción conservan la huella manual y la singularidad del gesto, funcionando como la memoria tangible de una intervención efímera. Pero lo esencial no es el objeto, sino el desplazamiento que propone: entender el espacio público no solo como el lugar donde se inscribe el poder, sino como un tejido vulnerable que puede ser reparado. Un gesto mínimo que funciona como metáfora del cuidado de lo colectivo.
“Es un pequeño gesto individual, discreto a comparación de otros proyectos como Dinosaur por ejemplo”, reflexiona. “Habla de cuidado, de usar la calle como lugar de escritura y la palabra como elemento de reflexión y de encuentro”. El gesto responde a una intención clara: “lanzar propuestas para generar nuevas narrativas en un espacio público normativo, muy marcado por las voluntades de poder y la opresión. Es cuidar la ciudad, usar sus quiebres para encontrar un lugar desde donde hablar”. Allí donde la ciudad se rompe, el artista introduce lenguaje, cuidado y atención.
En este sentido, toda la práctica de Argote apunta hacia una misma dirección: hacer frente a las estructuras de opresión mientras se imaginan otros paradigmas posibles. Cuando se le pregunta dónde debemos poner nuestra mirada en la actualidad, su respuesta es clara: “en hacer frente a la opresión, cuidándonos, también encontrando mil maneras de construir otros paradigmas. Poner nuestra mirada en las elecciones locales, y nacionales, y poner la mirada en el movimiento popular”.
Ya sea frente a un monumento monumental o ante una fisura en la acera, su trabajo propone un cambio de sensibilidad. Intervenir la ciudad no significa transformarla de manera espectacular, sino aprender a habitar sus fracturas.
Porque la historia, como las ciudades, no está hecha de piedra. Está hecha de miradas. Y basta con cambiar la mirada para que todo empiece a moverse.