En el gesto obsesivo de la reiteración se halla la destreza. Este hecho entraña un especial significado en una sociedad nostálgica como la que habitamos, ávida de habitar el pasado y sus símbolos, mientras mira hacia un futuro incierto, corroído y preso. De este archivo abierto y continuo bebe Los restos, la propuesta que proyecta el dúo Oriol Vilanova (Manresa, 1980)-Carles Guerra (Amposta, 1965) —artista y comisario, respectivamente— para el Pabellón de España de la 61.ª edición de La Biennale di Venezia.
En estos más de 900 metros, Vilanova y Guerra acometen una acción instalativa que detona la ya caduca idea de archivo cerrado, cuyo germen se encuentra en Domingo, proyecto que tuvo lugar en 2017 en el Museu Tàpies. Con más de 50.000 postales —una tarea hercúlea, meticulosa y concienzuda—, el artista catalán arremete contra la propia idea del souvenir, a partir de una acción procesual de recopilación y colección llevada a cabo durante más de veinte años.
Originalmente, las postales emergen en los albores del siglo XIX como un artilugio objetual de comunicación escrita. A finales de esa misma centuria, las postales —ya ilustradas— comenzaron a estar estrechamente relacionadas con la religión, los viajeros y la difusión de imágenes religiosas, cuestión que entronca aquí con algunas de las postales que Vilanova expone en el Pabellón español.
Recopiladas temáticamente (o formalmente), en un montaje museográfico inmersivo y parlante, las piezas nos remiten a un diálogo con el inconcluso L’Atlas mnémosyne de Aby Warburg, que “rastreaba la pervivencia de símbolos y arquetipos que migran desde la antigüedad”, y que encuentra en Los restos un guiño especular contemporáneo. En un momento en que las imágenes están más que pervertidas, Vilanova y Guerra apelan a la (re)presentación, la circulación de las imágenes o la memoria como capas y subterfugios que residen en el tuétano del proyecto.
La trayectoria artística de Vilanova siempre ha estado vinculada a lo conceptual, al coleccionismo compulsivo, al vacío-contenedor, a la identidad y a la circulación de las imágenes como vehículo del pensamiento, cuestiones que quedan aquí sublimadas en una propuesta que huye de las lecturas racionales y abre la puerta a una interpretación ácrata y constelativa