En Nantes, bañada por un Loira cuasi oceánico, la gestión cultural pública entendió hace ya quince años que el arte no debía ser un adorno estacional ni un hito museístico aislado de la ciudadanía. Encarnando el espíritu artístico como un elemento urbano más de la cotidianidad, Le Voyage à Nantes transforma cada verano el tejido urbano, dejando además un sedimento permanente: parte de las intervenciones efímeras permanecen durante todo el año. Estas instalaciones —las nuevas y las antiguas, a las que se accede a través de una línea verde que recorre 20 kilómetros de la ciudad— dialogan con el patrimonio histórico, haciendo que la mirada del habitante recorra la cultura de un modo distinto, habitable y, sobre todo, compartido.
A lo largo de los años se han explorado diversas temáticas, como demuestra Antípodos, la obra site specific que el colombiano Iván Argote creó en 2025. Aunque esta pasada edición versaba sobre el universo conceptual de La extrañeza, Argote tomó este imaginario para hacerlo suyo, en una pieza que gira en torno a la memoria y la identidad, desafiando los relatos históricos predominantes. Este trabajo interviene el único monumento dedicado a Luis XVI en la ciudad francesa para replantear el símbolo monárquico —y, por extensión, el del poder— en el espacio público.
La presente edición del festival, inaugurada el pasado 4 de julio y abierta hasta el 6 de septiembre, es la decimoquinta, pero también la primera bajo la dirección de Sophie Lévy. El programa marca el inicio de un nuevo ciclo dedicado a los elementos naturales, comenzando con La Tierra actúa como eje temático sobre el que gravitan todas las propuestas. Artistas como Théo Mercier, Edgar Sarin, Anne-Charlotte Finel, Caroline Le Méhauté, Pierrick Sorin o Ali Cherri transforman el espacio público poniendo en relación la materia orgánica, el subsuelo y la historia de la ciudad, convirtiéndola en un laboratorio vivo en el que arquitectura, paisaje y memoria colectiva se entrelazan.
Con propuestas como Sommeils légers, del artista libanés Ali Cherri, el festival pone sobre la mesa la figura del guardián: quién custodia los relatos y los objetos, quién entra en la historia y quién queda excluido. Instalada en el Musée Dobrée, la obra establece un diálogo directo con el patrimonio del museo. A ella se suma La Machine du Sacré, también de Cherri, una intervención independiente ubicada en la plaza Félix-Fournier, que amplifica esta reflexión sobre el espacio público desde otro registro.
La selección de artistas responde a una clara afinidad con este nuevo ciclo curatorial: la práctica de Ali Cherri lleva años interrogando las relaciones sostenidas entre arqueología, patrimonio y memoria, cuestionando los relatos que determinan qué objetos e historias son preservados. Théo Mercier, por su parte, indaga sobre los procesos de transformación material y la fragilidad de los vestigios culturales mediante esculturas e instalaciones que encarnan un ente ruinoso y ficcionado. Desde una perspectiva más ligada al paisaje y a los cursos naturales, Anne-Charlotte Finel trabaja con el medio audiovisual, subrayando las tensiones (y, costuras) que nacen en las relaciones del entorno, la presencia humana y el tiempo. Junto a ellos, creadores como Edgar Sarin, Caroline Le Méhauté y Pierrick Sorin contribuyen a una programación centrada en estas temáticas de materia, historia y paisaje(s).
Más allá de las intervenciones urbanas, el festival se constituye, además, con exposiciones que se prolongarán durante los próximos meses, como Expressions (Dé)coloniales #4 en el Castillo de los Duques de Bretaña o la colectiva Interstellar en la HAB Galerie. En cada edición, Le Voyage à Nantes vuelve a plantear la ciudad como un espacio de experimentación colectiva, donde el arte deja de ser un acontecimiento puntual y aislado para integrarse, de forma intrínseca, en la experiencia cotidiana de ser y habitar en un lugar.
Fotografía cabecera: Caroline Le Méhauté, «Négociation 34 (Porter Surface)», 2011. Cortesía de la artista y de Le Voyage à Nantes