En los interiores de Bidonville —presentada en la galería balear Maior, bajo la curaduría de Francesco Giaveri y en colaboración por segunda vez con Gagliardi e Domke Contemporary—, Paola Risoli (Milán, 1969) propone una serie de espacios arquitectónicos que conforman un “cuerpo de trabajo coherente y muy representativo” de su práctica.
A través de estos interiores (materializados en maquetas, algunas contenidas en barriles como en To Pina & Wim (2014), presente en la muestra, o en fotografías—, Risoli narra una perturbación sutil, pero densa, que nos abre la puerta a submundos urbanos, silenciados y marginales. Una luminosidad henchida de carácter cinematográfico, que el comisario vincula a una atmósfera propia de Jean-Luc Godard, David Lynch o Pedro Almodóvar y quiebra la ilusión de confort, situándonos en un umbral donde afloran las costuras (siniestras y extrañas) del inconsciente.
Estas escenografías, construidas con una precisión quirúrgica casi obsesiva, funcionan en la exposición como figuras espectrales latentes. Esto es, espacios que aguardan una acción o un cuerpo para activarse, haciendo que el espectador sea el encargado de completar la escena y finalizar la obra, proyectando sobre ella un sinfín de ficciones posibles.
Los interiores de la artista italiana se sirven de una suerte de objet trouvé (como antiguos televisores o barriles de aceite), que reconfiguran y tensionan el espacio galerístico, situado en Pollença. Como señala el propio Giaveri: “la exposición nos acompaña entre los márgenes urbanos y nocturnos de una metrópoli cansada y trasnochada que, sin embargo, no deja de atraernos”.
Refugios, cárceles, pseudoficciones autoimpuestas, cuevas, pasadizos; un repertorio casi infinito de espacios que aparecen aquí suspendidos entre la atracción y su misma extrañeza. Lugares vacíos, inertes, a la espera de un huésped inquietante que los cohabite y los reactive.