El capitalismo cultural (y el deseo anquilosado en nuestra sociedad) tiene una capacidad ilimitada para absorber, reformular y rentabilizar cualquier figura simbólica. Frida Kahlo es hoy uno de los ejemplos más paradigmáticos y cristalinos de este proceso: convertida a la vez en icono feminista, mito identitario y feroz símbolo capitalista, su figura transita entre la devoción popular y la magnánima personalización del mercado que azota, simplifica y monetiza su herencia. En este contexto, ferias como Art Basel Miami Beach funcionan desde hace años como medidor del arte contemporáneo, marcadas por grandes titulares y subastas millonarias que ocupan y opacan el tejido cultural que se halla en el trasfondo del asunto.
La reciente aparición en el mercado de un autorretrato en miniatura de Frida Kahlo —de apenas unos centímetros— ha vuelto a situar a la artista mexicana en el centro del foco mediático económico-cultural. La pieza, hasta ahora poco conocida para el gran público, se ha ofrecido por una cifra cercana a los 15 millones de euros, consolidando una escalada de precios que ya había quedado más que patente en subastas anteriores. Su valor no reside ni en la destreza técnica —ciertamente interesante, pero algo modesta si la comparamos con otras de su propia producción—, sino en su rareza, su carga biográfica y su capacidad para alimentar el relato íntimo y poético que rodea a la artista, pues era un regalo para su amante del momento, el poeta catalán José Bartoli. Además, junto a esta miniatura (la primera conocida de la artista), se vendían dos dibujos de la artista mexicana, Aparador en una calle de Detroit (1931–1932) y Máscaras (Carma I) (1946).
Este nuevo hito se suma a la cifra récord alcanzada también recientemente por El sueño (La cama) (1940), subastado en Nueva York por más de 54 millones de dólares, convirtiéndose en la obra más cara jamás vendida de una artista latinoamericana y situando a Kahlo como la creadora femenina más cotizada del mercado internacional. La cifra no solo supera números anteriores, sino que confirma una tendencia en la que la artista se erige como figura central de un sistema que premia tanto la excepcionalidad como la escasez, que viene de la mano de la declaración como “tesoro nacional” de la obra de la artista por parte del Estado mexicano, elevando así su cotización (y revalorización continua) y limitando la circulación de sus piezas en el mercado internacional, reforzando una lógica de deseo cuidadosamente administrada y dirigida.
De manera paralela a los grandes giros del mercado, las grandes instituciones museísticas contribuyen a seguir consolidando la figura de Kahlo como icono global de la cultura pop. En este marco sociocultural se inscribe Frida: The Making of an Icon, la (ambiciosa) exposición monográfica que podrá verse en la Tate Modern de Londres entre el 25 de junio de 2026 y el 3 de enero de 2027, organizada junto al Museum of Fine Arts de Houston. La muestra reunirá más de un centenar de obras (entre pinturas, documentos, fotografías y objetos personales) propias, así como trabajos de más de 80 artistas de su entorno y de generaciones posteriores influenciadas por su legado, que tratan de evidenciar con esta exhibición.
Así, se plantea como un recorrido por las “muchas Fridas” —la esposa, la intelectual, la artista moderna, la activista política—, proponiendo una lectura plural y caleidoscópica de la artista, desde el papel de la mujer en el arte hasta el reclamo de la figura de Kahlo como propia dentro de la escena cultural (y comercial) global.
La devoción mundial por Frida Kahlo —que oscila entre la admiración genuina, la identificación sociopolítica y el consumo de masas— nos plantea, pues, un lógico debate: ¿dónde reside el límite entre arte, mito y mercancía?