La mirada del otro deja siempre una huella imborrable. El mirar silencioso y atento, desde un espacio en sombra, entre el juicio y el deseo, es el lugar donde se instala el voyeurismo: no como pulsión, sino como una forma de relación con la imagen. En ese punto, la mirada deja de pertenecernos por completo y, como planteaba Jacques Lacan, nos sitúa también del lado de aquello que observamos. Es precisamente ahí donde seguimos proyectando —y también maquillando— la continua reverberación del otro en nosotros.
Desde esta coyuntura, dialogan las dos exposiciones que se pueden visitar actualmente en la sede madrileña del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza: Hammershøi. El ojo que escucha y Roman Khimei y Yarema Malashchuk. Pedagogías de guerra.
En paralelo, la exposición comisariada por Chus Martínez, en colaboración con TBA21, reúne a los videoartistas ucranianos Roman Khimei y Yarema Malashchuk. Su práctica vuelve a situar en el centro la mirada del otro, esta vez asaetada por una violencia que se presenta de manera ambulante como acontecimiento y como condición difusa que permea las capas de la cotidianidad, en un presente mediado por la tecnología. A través de sus videoinstalaciones (entre documental y ficción), se explora (y explica) la forma en la que el conflicto sociopolítico y la violencia se infiltran en la vida diaria y en sus ritmos, afectos y memorias.
La obra de Vilhelm Hammershøi (1864-1916), pintor danés activo entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, supone un ejercicio de una sutileza extrema. Su trabajo se sitúa en un territorio híbrido que oscila entre el simbolismo, la pintura de interiores y una modernidad latente que comienza a emerger. Sus composiciones —habitaciones casi vacías, figuras de espaldas, puertas entreabiertas— configuran un paisaje interior psicológico-espacial cuya característica cromática principal reside en una gama visionariamente gris, que ralentiza la percepción, obligando al espectador a sostener la mirada y desbordando así la imagen pictórica. En Hammershøi, no somos únicamente quienes observan: los espacios parecen devolvernos la mirada, situándonos en una posición de extrañamiento. Así, lo visible tiende a convertirse —a nuestros ojos— en una superficie inestable en la que distancia e intimidad coexisten en el mismo plano.
Así, la pintura de Hammershøi se aproxima sigilosamente a la propuesta audiovisual de Khimei y Malashchuk: temporalidades ambiguas, implicaciones de la mirada, voyeurismo como estructura de la percepción, donde mirar es implicarse. Los planos del pintor danés —tácitos, bellos, introspectivamente lunares— emergen como escenas detenidas, donde la acción parece haber ocurrido o estar a punto de suceder. En ese umbral —donde el tiempo queda suspendido— es donde ambas exhibiciones se encuentran: en la (auto)conciencia de que la imagen no solo se ofrece a la mirada, sino que también la produce y la devuelve metamorfoseada.