Hammershøi, Roman Khimei y Yarema Malashchuk: la mirada y sus límites

La gran retrospectiva del pintor danés Vilhelm Hammershøi (1864-1916) en diálogo con "Pedagogías de guerra" (con los videoartistas ucranianos Roman Khimei y Yarema Malashchuk), ambas en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

La mirada del otro deja siempre una huella imborrable. El mirar silencioso y atento, desde un espacio en sombra, entre el juicio y el deseo, es el lugar donde se instala el voyeurismo: no como pulsión, sino como una forma de relación con la imagen. En ese punto, la mirada deja de pertenecernos por completo y, como planteaba Jacques Lacan, nos sitúa también del lado de aquello que observamos. Es precisamente ahí donde seguimos proyectando —y también maquillando— la continua reverberación del otro en nosotros.

"Puertas abiertas", 1905, Vilhelm Hammershøi. Óleo sobre lienzo, 52 × 60 cm. The David Collection, Copenhague. Foto: © The David Collection. Cortesía del Museo Thyssen

Desde esta coyuntura, dialogan las dos exposiciones que se pueden visitar actualmente en la sede madrileña del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza: Hammershøi. El ojo que escucha y Roman Khimei y Yarema Malashchuk. Pedagogías de guerra.

"We Didn't Start this War [Nosotros no empezamos esta guerra]", 2026, Roman Khimei y Yarema Malashchuk. Videoinstalación. Fotograma: cortesía de los artistas y del Museo Thyssen

En paralelo, la exposición comisariada por Chus Martínez, en colaboración con TBA21, reúne a los videoartistas ucranianos Roman Khimei y Yarema Malashchuk. Su práctica vuelve a situar en el centro la mirada del otro, esta vez asaetada por una violencia que se presenta de manera ambulante como acontecimiento y como condición difusa que permea las capas de la cotidianidad, en un presente mediado por la tecnología. A través de sus videoinstalaciones (entre documental y ficción), se explora (y explica) la forma en la que el conflicto sociopolítico y la violencia se infiltran en la vida diaria y en sus ritmos, afectos y memorias.

"Una habitación en la casa del artista en Strandgade, Copenhague, con la mujer del artista", 1902, Vilhelm Hammershøi. Óleo sobre lienzo, 63,5 × 60 cm. SMK, National Gallery of Denmark, Copenhague. Statens Museum for Kunst. Cortesía del Museo Thyssen

La obra de Vilhelm Hammershøi (1864-1916), pintor danés activo entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, supone un ejercicio de una sutileza extrema. Su trabajo se sitúa en un territorio híbrido que oscila entre el simbolismo, la pintura de interiores y una modernidad latente que comienza a emerger. Sus composiciones —habitaciones casi vacías, figuras de espaldas, puertas entreabiertas— configuran un paisaje interior psicológico-espacial cuya característica cromática principal reside en una gama visionariamente gris, que ralentiza la percepción, obligando al espectador a sostener la mirada y desbordando así la imagen pictórica. En Hammershøi, no somos únicamente quienes observan: los espacios parecen devolvernos la mirada, situándonos en una posición de extrañamiento. Así, lo visible tiende a convertirse —a nuestros ojos— en una superficie inestable en la que distancia e intimidad coexisten en el mismo plano.

Vista de la instalación "You Shouldn’t Have to See This [No deberías tener que ver esto]", 2024. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid. Marzo, 2026. © TBA21. Fotografía por Maru Serrano, cortesía del Museo Thyssen
"Tarde en la sala de estar. La madre y la mujer del artista", 1891, Vilhelm Hammershøi. Óleo sobre lienzo, 63 × 49,5 cm. SMK, National Gallery of Denmark, Copenhague. Statens Museum for Kunst. Cortesía del Museo Thyssen
"Interior con mujer al piano, Strandgade 30", 1901, Vilhelm Hammershøi. Óleo sobre lienzo, 55,9 × 45,1 cm. Colección privada. Foto: © Bruno Lopes. Cortesía del Museo Thyssen

Así, la pintura de Hammershøi se aproxima sigilosamente a la propuesta audiovisual de Khimei y Malashchuk: temporalidades ambiguas, implicaciones de la mirada, voyeurismo como estructura de la percepción, donde mirar es implicarse. Los planos del pintor danés —tácitos, bellos, introspectivamente lunares— emergen como escenas detenidas, donde la acción parece haber ocurrido o estar a punto de suceder. En ese umbral —donde el tiempo queda suspendido— es donde ambas exhibiciones se encuentran: en la (auto)conciencia de que la imagen no solo se ofrece a la mirada, sino que también la produce y la devuelve metamorfoseada.

"The Wanderer [El caminante]", 2022, Roman Khimei y Yarema Malashchuk. Videoinstalación. Fotograma: cortesía de los artistas y Museo Thyssen

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