Fermín Jiménez Landa o la antítesis de Kubrick

Abordamos la práctica artística del artista navarro Fermín Jiménez Landa.

La creatividad consiste en relacionar. Este dogma es una de las ideas que más laten cuando comienzas a introducirte en la obra del artista navarro Fermín Jiménez Landa (Pamplona, 1980), actualmente en exhibición en el aljub del Casal Solleric, con su solo show Escarcha y vaho, comisariado por Juan Luis Toboso[1].

En sus proyectos, el germen de la acumulación, el proceso y el poso (y paso) del tiempo están en su propia idiosincrasia. Lo vislumbramos en obras como Quiromántico (2013-actualidad), No oyes ladrar los perros, El esposo soldado, El telar y la alondra, Bocabúdica (2019-2023), Todo es imposible (2006) o en algunos de los trabajos que forman parte de la exposición del Solleric, donde también entrevemos los conceptos que sostienen e inspiran su práctica: el elemento relacional, el agua y sus danzas, el humor (en su extraña combinación con la solemnidad), el movimiento, el paisaje, la cartografía, la pérdida, lo absurdo, el tiempo, las reglas del juego, el viaje romántico, siendo capaz de generar una comunicación más horizontal y antihegemónica con el público. Jiménez Landa juega, planteando unas reglas para dejar que luego la vida se abra paso en su rumor incontrolable e impredecible.

Precisamente, de Jiménez Landa atisbamos cómo su forma de trabajar utiliza siempre temáticas que tengan un pie fuera del arte. Enmarcado en la estela de artistas flâneurs, Francis Alÿs, Gabriel Orozco, Peter Fischli-David Weiss o los míticos Fluxus con Esther Ferrer a la cabeza, Jiménez Landa congela lágrimas de ex, transporta agua de El lago de los cisnes (en su obra homónima) o de la laguna de Venecia para ponerla en movimiento, conquista un islote griego del Egeo, rellena de nata los huecos de la ciudad o cruza España en línea recta a través de las piscinas que se encuentra en el camino, relacionando y haciendo bricolaje continuamente de una idea con otra, alineado en una suerte de acumulación continua de proyectos a los que retornar –como lo propio del camino– y sobre los que transitar constantemente, pero dejando que se encarnen de forma independiente.

Nos enrolamos en esa visión en la que nos compromete el artista navarro: hay que difuminar la autoría. A caballo entre la acción colectiva, las intervenciones público-políticas, las fotografías o los vídeos y en una suerte antitética de Stanley Kubrick —ajena ante el control maníaco–, sus trabajos convierten en gesta lo minúsculo y en absurdo lo grandilocuente. El gesto mínimo, desprovisto de pomposidad y barroquismo, sublima la obra de Jiménez Landa. Dice John Keats en uno de sus poemas que la belleza aumenta la grandeza, y que lo que sea bello nunca pasará a la nada. Sin embargo, el rastro que queda es la experiencia, también de aquello que emana belleza. El dinosaurio de aquel mítico microcuento de Augusto Monterroso ya no se encontraba en la habitación. La realidad se desmonta con el fino hilo de lo absurdo y, de ahí a la nada, solo hay un paso.

NOTAS AL PIE

[1] Y, que se podrá visitar hasta el 6 de septiembre.

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