[Una divagación cuasi-escatológica cuando Fluxus es cosa del pasado]

Fotografía: fotograma extraído de la película «Teorema» de Pier Paolo Pasolini

        En el año 1964, unos amiguetes realizan una peculiar “gira” por Europa del Este realizando acciones Fluxus; cuando informan a Maciunas, el gran burócrata que buscaba movilizar (con una tonalidad filocomunista) a los artistas contra el europeísmo, reciben una reacción de rechazo completo ante tamañas “gamberradas”. Personajes díscolos habían cometido la osadía de escenificar en tierras soviéticas performances explícitamente escatológicas como un campeonato, concebido por Nam June Paik, para comprobar quien ganaba orinando más tiempo. Aquello era algo peor que una provocación, parecía profanar los ideales revolucionarios y, lo peor de todo, caracterizaba a Fluxus como una panda de cretinos atrapados en la regresión infantil de la “estética” del caca, culo, pedo, pis. Parece como si, en el confuso ámbito del arte, se hubiera propagado una enfermedad con síntomas aberrantes como, por ejemplo, la incontinencia urinaria. Recordemos que Warhol “oxidó” pinturas meando sobre ellas, en un gesto que algunos han entendido como una desublimación del accionismo del dripping o incluso como una denuncia elíptica de la “falocracia” pictoricista. En Teorema (1968), esa película pasoliniana que tiene tanto de siniestra (vale decir, familiar y, por tanto, sedimentadora de innumerables represiones) cuanto de evocadora del espíritu demoníaco de Rimbaud, un joven delirante desahoga su vejiga sobre superficies monocromáticas. Freud nos presta ayuda para entender estos des-propósitos, comprensibles como retorno de la horda primitiva que intenta apagar el fuego meando en círculo sobre él o, en otra clave, podría tener que ver con el vínculo de lo estercolar y la propiedad, la revelación de la suciedad del dinero, aunque esté marcado por el non olet.

 

        Tal vez Mierda de artista (la imponente industria conservera de Piero Manzoni puesta “en marcha” a comienzo de los sesenta) sea la “piedra filosofal” del arte contemporáneo, el complemento inevitable del urinario duchampiano. Arcanos alquímicos pueden estar cifrados en esas rudas “provocaciones”. La cuestión obsesiva, por simplificar, era la de conseguir oro a partir de escoria. El mismo Maciunas propuso a Ben Vautier la realización de una edición de su obra Dirty Water (1961) a la que pretendía colocar una etiqueta como la de una botella de vino, pero, sobre todo, lo que le interesaba era “usar la basura e incluso conseguir algo de dinero de ella”. Todo esto suena a chiste chusco y, sin embargo, el ideal del “fundador” de Fluxus, tal y como ha expuesto con lucidez Iñaki Estella en George Maciunas. Historia, burocracia y colectividad (Ed. Brumaria, 2021), conseguir la liberación a través del trabajo, encontrando una inusual felicidad en la jornada laboral de ocho horas. Frente a la bohemia o la vanguardia, Maciunas defendía una lógica burocrática y hasta se posicionaba en la retaguardia. El Flux-art-amusement es la retaguardia sin pretensiones o ansias de participar en la competición por el liderazgo individual de la vanguardia. Persigue las cualidades de lo monoestructural y lo no-teatral de un simple evento natural, un juego o chiste”. Da la impresión de que los eventos, pretendidamente lúdicos, decaían hasta ser anodinos y aburridos.

 

       Algunos siguen todavía hoy culpando de todo a Duchamp, calificado, a veces, como un vago redomado. Tal vez seguimos atrapados inconscientemente en el modelo romántico de artista y nos cuesta comprender qué tipo de trabajo es ese tan raro que conduce a tan variopintas mistificaciones. La Bienal Manifesta de 2016 en Zurich ofrecía un panorama de las cosas que el artista tiene que hacer para vivir y  unos años antes John Roberts publicó un ensayo excelente, titulado The intangibility of form: Skill and deskilling in art after the ready-made (Ed. Verso, 2007), en el que señala que hemos asistido a una serie de transformaciones laborales que afectan también al arte, siendo el ready-made una suerte de anticipación del trabajo cognitivo. Con todo, más allá de la retórica post-operaísta, lo que conocemos de sobra es la precariedad estructural en la que tratan de sobrevivir los artistas. En el laberíntico sistema del arte es frecuente que, metafóricamente hablando, nos encontremos con vidas desperdiciadas. Maciunas, ese profeta de la superación del arte para conseguir la soñada “utilidad” y que censuraba a los artistas que se bajaban los pantalones (ya fuera para enseñar el culo u orinar al público), realizó en 1976 en la exposición Downtown SoHo Manhattan en Berlín un laberinto que tenía como “desagradable sorpresa” una habitación con cagadas de elefantes del zoológico; según cuentan, los organizadores se deshicieron de esa materia hedionda y el lituano decidió bloquear su instalación hasta que la mierda regresara. Pensar en la escatología estética puede producir picnolepsia. Ni siquiera podemos mearnos de la risa.

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