Entrar en una exhibición de Felix Gonzalez-Torres es entrar en un vórtice y abrir la puerta a otro universo. Una galaxia fina, pulcra, delicada, afectuosa, deliberadamente solícita, en la que poder formar parte sin necesidad de pedir permiso.
Este artista –clasificado por sus orígenes geográficos como cubano-estadounidense, pero cuya obra dista mucho de estar limitada a sus orígenes, estando más bien enraizada en una época y un momento– se nutre de dualidades constantes: ausencia-presencia, guerra-paz, amor-muerte, a partir de una mirada en la que desplaza el foco creador y creativo al visitante. Este hecho (una obra participativa en la que el público debe tomar una parte activa) es para nosotros actualmente algo habitual en el prisma del arte contemporáneo. Un elemento relacional que comenzó a teorizarse con Nicolas Bourriaud y a extenderse con el estadounidense Gordon Matta-Clark o el tailandés Rirkrit Tiravanija, pero que tiene un sentido muy concreto en su práctica. Desde que entras al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía –donde se instala Dulce venganza– puedes echarte al bolsillo un puñado de caramelos de regaliz, mentol o frutos del bosque, que forman parte de los candy works que comenzaron simbolizando a su pareja fallecida de VIH, Ross Laycock, pero que pasaron a entrañar cuestiones más amplias que articulan su obra, como la memoria o la pérdida; cruzar las cortinas que separan el limbo de la vida, coger uno de los papeles de los montones denominados paper stacks o bailar un vals bajo unas luces titilantes, cruzando así el umbral que separa el universo de Gonzalez-Torres del nuestro propio. Solo así comprendes su miedo, su dolor, su desvarío, su lucha política, pero de la manera más bella, simbólica e idiosincrásicamente personal. Porque aquí, belleza y dolor no implican la ausencia de la una o del otro.
Felix Gonzalez-Torres (Guáimaro, Cuba, 1957 – Miami, Florida, 1996) pertenece a una estela de artistas del movimiento: de Cuba a Madrid, exiliado forzosamente de niño junto a su hermana (ciudad a la que regresaría en 1990 para presentar por primera vez la emblemática pieza «Untitled» (Revenge), 1991, que da nombre a la exposición actual) y de ahí a Puerto Rico y Nueva York, donde vivirá en las décadas de los ochenta y noventa hasta su muerte. Así, Gonzalez-Torres se inscribe en una saga de artistas políticos que usaban su obra (su voz, su mirada) como forma de denuncia o arma punzante hacia aquellos responsables, al igual que Roni Horn, Jim Hodges, Group Material (del que formó parte desde 1987) o Nan Goldin; lo vemos en obras que hacen referencia a sus grandes vallas publicitarias que hacían las veces de oraciones tácitas en los propios candy works. Gonzalez-Torres se nutrió salvajemente del movimiento, del dolor, de la ausencia, del cuerpo y su memoria, de la posición queer desde la que hablaba, para construir una práctica poético-política, heterogénea, pragmática, expandida y profundamente libre, con sus requiebros y sus heridas.
Un artista de las batallas, de las balas perdidas, de los desamparados, del hogar, de las vallas publicitarias que ocupaban el espacio público con palabras certeras e incómodas, conjugado hoy en el museo madrileño en una museografía impecable, bañada en una luz cambiante, que nos permite adentrarnos en las vísceras de un creador carnal, voraz, pasto de las llamas. Un bodhisattva de la compasión contemporánea. Un antídoto contra el Sardanápolo ígneo de Delacroix: alguien capaz de darlo todo por sus ideales.
Imagen cabecera: Vista de sala de la exposición “Felix Gonzalez-Torres: Dulce venganza”. Museo Reina Sofía. Fotografía: Roberto Ruiz. © Estate Felix Gonzalez-Torres