“Dejarse oír”. La frase que invoca Isabel Do Diego encierra el núcleo de su obra. En la era de la inmediatez, propone un viaje audiovisual que trasciende el tiempo y el espacio para desafiar al espectador moderno: mirar y escuchar sin prisa para poder habitar el instante.
En 2019, Juan Diego Calzada saca de su imaginario a Isabel Do Diego, una identidad que muta de álbum a álbum manteniendo su esencia intacta: la experimentación y la transgresión del modo en que consumimos el arte. Con su primer disco, Depueblo, explora hasta dónde puede llegar la música de raíz en el contexto actual. El resultado se percibe como un acto de resistencia. Frente a la homogeneización que amenaza con borrar las identidades locales, mientras las ciudades empiezan a parecerse unas a otras y la cultura popular andaluza se presenta a menudo como una atracción turística, el folklore emerge aquí como un contenedor de la memoria colectiva.
Lejos de esa imagen de exportación de una Andalucía soleada y alegre, donde el folklore es un souvenir inofensivo, Isabel Do Diego ahonda en lo profundo del imaginario andaluz. Rescata la raíz del flamenco como un momento íntimo, emotivo y de liberación. El quejío, ese grito que fue el preludio del género, es utilizado como un canal para expulsar las emociones viscerales; los demonios interiores que se liberan a través de la catarsis musical.
Durante las presentaciones en vivo, Do Diego convierte el escenario en un altar. A lo largo de estos años, ha sabido habitar escenarios de naturalezas muy distintas, validando su propuesta en galerías de arte, teatros y festivales musicales. Espacios donde la iconografía folklórica cobra una nueva dimensión espiritual. A menudo emplea objetos materiales, como una máquina caladora en la pieza Comerme las flores con tiento, para acompañar con su voz rasgada el frío sonido industrial. En esta puesta en escena, el artista no es una figura jerárquica, sino un cuerpo que funciona como un vaso comunicante entre la música y los espectadores. Al incluir objetos a los que extrae su esencia espiritual, la obra trasciende las nociones preestablecidas sobre lo que debe ser un artista en la actualidad, desafiando incluso las estructuras temporales con canciones cuya duración escapa a lo convencional.
Tras consolidar su práctica en diversos proyectos, en 2025 lleva a las Residencias Paraíso (Santiago de Compostela) su obra Brutalismo, una presentación en vivo de carácter efímero y site-specific; una constante en su trabajo. En esta ocasión, la música interactúa y se potencia con el entorno. Aquí, la partitura no es un guión estricto, sino una guía orientativa donde el sonido se funde con susurros que se convierten en eco.
En este proceso, los instrumentos de diseño propio, generan un sonido que fluye y muta según el tacto de las manos. La voz y la instrumentación se fusionan para crear una atmósfera arquitectónica atemporal, demostrando que la obra no es un objeto acabado o un producto listo para consumir, sino un proceso vivo e irrepetible. No se trata solo de “ver”, sino de participar en el momento mismo de la creación.
Esta misma búsqueda de intimidad se refleja en su actuación en vivo titulada Sesión Blanca. En las ruinas de un entorno atemporal, Isabel Do Diego, vestida de blanco y de espaldas al público, transforma, mediante el sintetizador, el ruido blanco en música sacra. Utiliza ese sonido omnipresente que inunda nuestro entorno cotidiano; el torbellino de información que consumimos sin descanso, el scroll infinito o la prisa diaria, y lo convierte en una liturgia íntima. En su obra, “dejarse oír” es la invitación a un encuentro compartido. Un ritual donde la barrera entre el artista y el espectador se disuelve.
Imagen cabecera: “BESTIA SAGRADA”, de Isabel Do Diego – Fábrica de Aceite, cortesía de Isabel Do Diego