Europa tiene una habilidad curiosa para mirar al futuro solo cuando el futuro le resulta familiar. Quizá por eso Gisela Colón —con sus superficies mutantes y su elegancia aeroespacial— sigue siendo una visitante inesperada en un continente que presume de olfato para lo nuevo. No es que Europa no la vea; es que todavía no sabe muy bien dónde ubicarla. Su obra, que cambia con la luz y casi con el humor del día, desborda los compartimentos donde los europeos solemos archivar todo lo que brilla demasiado.
La Light & Space californiana llegó aquí filtrada por Turrell, Wheeler o Irwin, perfectamente acomodada en un relato que prefería la luz contemplativa y la trascendencia silenciosa. Pero la generación posterior —más sensual, especular y tecnológicamente desinhibida— quedó en un terreno ambiguo: demasiado viva para nuestra penumbra institucional, demasiado expansiva para un canon que respira, sí, pero muy despacio.
En ese interludio aparece Gisela Colón. Formada entre Puerto Rico y Estados Unidos, trabaja con materias primas y polímeros que reaccionan al clima y devuelven el color como si tuvieran memoria. Llama a sus piezas “objetos vivientes” porque no representan lo específicamente escultórico sino aquello que crea experiencia, lo que sucede. Responden al movimiento, a la luz, al espacio, como si mantuvieran una conversación silenciosa con quien las mira. No son esculturas; son comportamientos. Y ahí reside su verdadera inteligencia: una tecnología que no busca espectáculo (aun siendo espectacular —ha colaborado con la NASA, entre otras instituciones científicas—), sino organicidad.
En obras como Quantum Structures los Ellipse Pods o los Parabolic Monoliths, esta convergencia entre ciencia, percepción y espiritualidad se vuelve especialmente clara. Parte de estos trabajos puede verse actualmente en el Pérez Art Museum Miami, así como en Arte El Yunque, y su presencia internacional —con obras instaladas en Egipto, Arabia Saudita y otros importantes territorios— demuestra la amplitud cultural y geográfica de su lenguaje. Colón manipula materiales aeroespaciales con precisión casi quirúrgica, pero el resultado posee una serenidad que remite a lo budista: superficies que no imponen significado, sino que invitan a estar. En los Pods, la luz se despliega en capas que evocan la observación meditativa del cambio constante; en los Monoliths, la forma aerodinámica actúa como un contenedor de silencio atento.
La ingeniería de polímeros convive con una sensibilidad contemplativa, logrando que lo tecnológico no sea el fin, sino el vehículo para una experiencia que oscila entre lo terrenal y lo espiritual trascendente.
Esa actitud desplaza el minimalismo heredado hacia un territorio vibrante. Colón no persigue pureza ni austeridad, sino transformación. En un presente que acumula discursos sobre lo ecológico, lo tecnológico y lo futurista sin saber siempre articularlos, ella ofrece algo distinto: la luz como organismo, la tecnología como poética, el futuro como una presencia que se puede tocar.
Por eso su obra importaba antes y más ahora. Porque convierte el espacio en un ecosistema, la percepción en una conversación y la materia en posibilidad. Porque obliga a Europa —tan fiel a sus propias genealogías— a reconsiderar qué entiende por innovación. Y porque recuerda que la forma no está para ser admirada en silencio, sino para cambiar con nosotros.
Como reza el refranero español, “más se perdió en Cuba” —y también en Puerto Rico y Filipinas— no nos olvidemos… Aquí seguimos, tan tranquilos, como si los extravíos coloniales históricos y culturales se corrigieran solos. Algunas ausencias revelan más nuestra distracción que la distancia. Y no deja de ser revelador que, en pleno siglo XXI, no solo la música boricua haya llegado para quedarse, sino que una artista como Gisela Colón aparezca ahora como una de sus mejores embajadoras: alguien capaz de devolvernos una mirada que no viene dictada por el pasado colonial, sino por un futuro que se pretende común. Gisela Colón llegará —futuriblemente llegará— y, cuando lo haga, probablemente asistamos a una escena inevitable: será ella quien venga, luminosa y contundente, a conquistarnos.
Una conquista tecnológica, estética y, esta vez sí, absolutamente bienvenida.
Texto en colaboración con Walter Otero Contemporary Art