Amparo Sard [1] comenzó a perforar pequeños papeles blancos a finales de los años noventa. Eran autorretratos en situaciones extrañas, construidos con una técnica que acabaría ocupando un lugar central en su trabajo. Los agujeros funcionaban entonces como una forma de dibujo, aunque también eran el procedimiento que permitía construir la imagen. Sard fue ampliando las dimensiones de las piezas hasta que el papel dejó de permitirle hacer lo que quería. Llegaron la fibra de vidrio, el aluminio, la resina y el poliuretano. Con cada material cambió también la perforación: el procedimiento se ha mantenido, pero no sus consecuencias.
En Carne gris, la exposición que presenta en la Galería Artizar de Madrid en el marco de Apertura Madrid Gallery Weekend, Sard vuelve sobre esa construcción desde otro lugar. El texto curatorial, escrito por Adonay Bermúdez, acompaña una muestra que podrá visitarse hasta el 7 de noviembre de 2026 en el número 6 de la calle Doctor Fourquet.
El título procede de unos versos de Las nubes, de Luis Cernuda: «La carne gris y flácida como fruto pasado». La imagen pertenece a un poema atravesado por la presencia de la muerte y por la transformación del cuerpo en algo que ha perdido su condición anterior. Esa carne puede pensarse también como un detritus: un resto, aquello que queda después de que algo se haya deteriorado y ya no pueda conservar la forma que tenía. En la exposición, esa condición de resto pasa del verso a los cuerpos de Sard.
Esa transformación encuentra una correspondencia inmediata en la apariencia de las obras. Todas las obras están dominadas por una gama grisácea que modifica desde el principio la manera de percibirlas. Antes incluso de reconocer una figura o detenerse en sus perforaciones, aparece una superficie que parece dura, compacta, casi mineral. El gris elimina buena parte de la cualidad orgánica que esperaríamos de un cuerpo y lo acerca visualmente a materiales como el cemento, la piedra o el metal. Hay algo de residuo industrial en esas superficies, una apariencia pesada que contrasta con la fragilidad que revelan los agujeros. Los bordes de las perforaciones hacen visible que esa dureza es también una construcción. El material ha sido manipulado, retirado, abierto. La obra conserva la huella de esa acción y convierte cuerpo y corporalidad en algo que se encuentra entre la figura y el resto, entre una superficie aparentemente sólida y una materia que ha sido dañada.
En la segunda parte de la muestra, en la segunda estancia de la galería, el naranja introduce un cambio evidente. Los dibujos abandonan esa apariencia fría y adquieren una temperatura mucho más próxima a lo corporal. El color hace que las perforaciones se lean de otra manera: el agujero deja de destacar sobre una superficie gris y empieza a confundirse con el propio dibujo, como si formara parte de él. El naranja devuelve a las piezas una cualidad orgánica que las obras grises habían opacado. Este cambio de color también modifica el recorrido por la exposición. Primero encontramos cuerpos endurecidos, convertidos casi en materia residual; después, imágenes en las que el color devuelve algo de su condición corporal. Entre ambos grupos permanece la perforación, que es el hilo que conecta las obras: unas veces altera una superficie que parece compacta y otras construye directamente la imagen. Sard lleva así una misma acción de un material a otro y consigue que el agujero nunca signifique exactamente lo mismo.
Además, Sard ha señalado que representa los cuerpos decapitados porque la primera operación que se ejerce sobre quien llega de fuera, sobre el migrante, es la deshumanización. La eliminación de la cabeza afecta así a la propia condición de esas figuras, que aparecen privadas de uno de los elementos que asociamos de manera más inmediata con la identidad y el reconocimiento.
La sensación de ausencia de relato o auto-explicación por parte de las piezas presentadas, evita que la perforación quede subordinada a una historia concreta. La corporalidad aparece antes que la explicación de lo que le ha ocurrido, hay una violencia que se puede reconocer sin necesidad de convertirla en narración. La referencia a la necropolítica que permea el texto curatorial de Adonay Bermúdez permite llevar esta cuestión un paso más lejos. En Necropolítica, Achille Mbembe sitúa la soberanía en la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir. Sard trabaja en una escala distinta, pero sus cuerpos remiten precisamente a la condición material de esa decisión: un cuerpo puede ser atravesado, desplazado, abandonado, reducido a resto.
La única pieza tridimensional exenta, una escultura de aluminio, en la que varios brazos se entrelazan hasta formar una estructura capaz de mantenerse a flote. Puede leerse como un cierre del recorrido de la exposición: frente a los cuerpos aislados y perforados, aquí la forma depende de que unas partes sostengan a otras. No hay reparación ni recuperación de una integridad perdida. Hay dependencia después de haber convertido el cuerpo en resto, Sard plantea qué puede sostenerlo cuando necesita de otros cuerpos para mantenerse.
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