No nacen flores en las nubes, ni suben por sí mismas, sujetas como están a la tierra que las hizo.
Jardín, Dulce María Loynaz.
…los vívidos matices que extiende en su paleta,
bordando de primores mi túnica gentil.
(En mi campo y mi cielo pinta el rojo, el violeta,
el gualda, azul y flavo, el verde y el añil).
Lo que dice la tierruca, Virgilio Dávila.
Cuando observo la obra de Jun Martínez, se me antoja inevitable pensar en un paralelismo con el modo en que el artista activa una conexión entre la memoria visual de un paisaje que ha habitado y la selección de un motivo pictórico específico que llevar al lienzo, escogido, tal vez por azar, de la totalidad que abarcó su visión en la intemperie. El propio Jun ha revelado en alguna ocasión que para él la pintura ─el acto de pintar─ es un “proceso de memoria e interpretación”. Esa es una operación que perfectamente podría servirnos para equiparar el procedimiento creativo a una metáfora en la que el sujeto artista deviene en polinizador, extrayendo la imagen segmentada del campo, el monte, la sierra, el bosque o el valle y recomponiendo esa vida, un ecosistema de colores y representación vegetal en el territorio fértil de la tela en blanco, como espacio donde resembrar la imagen-memoria. Ahí acontece, entonces, la restitución del detalle aislado; o por el contrario la imagen persevera en su escisión rindiéndose a la materialidad física de la pintura, vinculando la mano que ejecuta la mancha de pigmento con el recuerdo, ya reubicado el cuerpo del pintor en el interior de su taller.
Expresaba sentir que mi observación de los cuadros de Jun Martínez comulga con mecanismos que basculan, por una parte, entre la fijación en la retina de un trozo de la composición, donde predomina el radiografiar la superficie pictórica en tanto estratos superpuestos de materia (óleo); y, por otro lado, la seducción del paisaje exuberante de la isla boricua. Una evocación casi romántica ─impregnada de significados historicistas─ a la geografía simbólica del color en el trópico, al tiempo bucólico de una siesta acostada sobre la yerba o a una genealogía pictórica que se remonta a los grandes referentes del género del paisaje puertorriqueño y a los maestros del impresionismo y el postimpresionismo europeo.
Resulta testimonial de las transiciones de los espacios en los cuales discurre la construcción de la obra de Jun Martínez, ese primer momento en que el artista se imbuye en el paisaje, adentrándose en el monte con su cuaderno de apuntes o llevando consigo, incluso, el propio lienzo y el caballete para plantarlos en medio de la maleza o el prado. En ese lugar, expuesto al clima cambiante de la isla, la mimesis tensiona la relación entre la mirada y el oficio del artista y sobrevienen, además, las encarnaciones de aquellos naturalistas que le antecedieron en el ademán de intentar capturar la esencia del paisaje, los pintores y grabadores viajeros al servicio de la empresa colonial y de las expediciones científicas que produjeron ingentes álbumes con ilustraciones de la flora autóctona, persiguiendo y definiendo un conocimiento del mundo “conquistado” y sesgado por la ideología eurocéntrica. También asisten a esta cita con la historia del arte los precursores de una imagen del paisaje isleño reivindicado como símbolo de la identidad nacional. Con todos esos fantasmas que acechan la memoria visual de la isla tiene que batallar Jun Martínez en su empeño por captar el efímero estado de la floración en su clímax, antes de que todo desaparezca en la maldita geografía huracanada del Caribe. También ahí se perfila una metáfora en clave geopolítica.
Algo interesante en la producción de las imágenes de Martínez redunda en el trampantojo que se ejecuta sobre el lienzo como una performance de la memoria auxiliada, rescatada gracias a la intervención de la tecnología, que en este caso emula los juegos subrepticios de la luz en el trópico. La imagen proyectada en la tela estirada sobre el bastidor, en medio de la oscuridad del estudio del artista, parece remedar metonímicamente en su haz el trayecto de la visión y la memoria del pintor. Más que una proyección predestinada a la copia, en la cual la imagen designa el trazo del pincel, aquí la luz que emana del aparato o dispositivo óptico quiere “iluminar” (empleando el término en un sentido filosófico) el trozo visivo cual fuente acotada para el conocimiento del método pictórico. Ahí lo que interesa no es tanto el conjunto visual o la impronta figurativa y la forma proyectada o modelo, sino la capacidad de la luz para “iluminar” la cualidad del color que originalmente permitió advertir la incidencia solar en medio de la paleta polícroma de la naturaleza. Jun Martínez nos revela entonces las obsesiones que persisten en el gesto pictórico y que vuelven recurrentemente sobre preocupaciones que atraviesan toda la historia de la pintura occidental.
Se intuye bajo el palimpsesto de capas de óleo en los cuadros de Jun Martínez un profundo conocimiento de la tradición pictórica. Los empastes remiten a un abanico textural donde se reconoce la profusión y contrastes de la frondosidad y abigarramiento de tonos en el paisaje de Borinquen. Con esos recursos, empleados con desparpajo y desenfado técnico, el autor ahonda en el sentido de profundidad de la floresta y en el inconmensurable universo vegetal de la isla que inunda de vibrante cromatismo la tela, rompiendo la bidimensionalidad del cuadro mediante el expresionista uso de la espátula. Todo ello abocado a acentuar el movimiento de las hojas, de los pétalos, de la filigrana de tallos y de la frondosidad desbordada en el campo que danza, mecido por el viento feroz que precede la calma. Justo en el instante en que el ciclón tiene su epicentro en esa porción de isla que ha quedado representada en la obra. Y es que la poética de Jun Martínez quizás va en busca del detalle en la morfología altiva de los girasoles, en la cadencia de la luz y la sombra que atraviesa los flamboyanes o en la fragilidad y sutileza de los pétalos de las flores silvestres, para leer los signos del tiempo en la isla, en su tierra. Para convocar todas las meta-historias que se condensan en el tiempo fugaz de los fragmentos culturales que cual puzle dispone múltiples combinaciones para recomponer un paisaje insular contingente, capaz de reverdecer una y otra vez tras ser borrado sucesivamente, física y simbólicamente, por la conspiración de la meteorología y la historia.
Imagen cabecera: Jun Martínez, «Maña y maraña» (Trick and Tangle), 2025. Óleo sobre lienzo, 100 x 120 cm. Cortesía de Walter Otero y Jun Martínez Studio