El Apocalipsis comienza con unas trompetas, unas campanas que llaman al orden, al inminente principio del fin; una debilidad de la carne que nos conduce al colapso y al caos. Esa advertencia coreografiada vertebra el pabellón austríaco de la Biennale di Venezia, encarnado por la artista Florentina Holzinger (Viena, 1986) y la curadora Nora-Swantje Almes, cuya propuesta transforma el espacio expositivo veneciano en una acción maquinista performática dominada por cuerpos femeninos, ruido, agua, colapso y resistencia física, ingredientes habituales de la práctica de artista vienesa. Este modo de protesta silencioso y acciones que llevan el cuerpo al límite (recordamos a Orlan, a Marina Abramović o, incluso, al patrio Abel Azcona) la coreografía y performer construye un imaginario visual donde violencia y espectáculo se funden en una suerte de Torre de Babel bíblica, sexualizada y puesta al límite ante un espectador sediento de ser sorprendido.
El pabellón propone en Seaworld Venice, un proyecto híbrido que combina instalación, performance y ritual colectivo en una Biennale no exenta de polémica. A las puertas del edificio, una magnánima campana trasladada hasta el recinto funciona como el ente simbólico sobre el que gira toda la propuesta: suspendida en el aire, contiene en su interior el cuerpo de la propia artista que, colgada boca abajo, reemplaza físicamente al badajo, golpeando las paredes metálicas con su propio peso cada hora, convirtiendo la campana de objeto ceremonial a alarma e imagen sacrificial.
En el interior, la instalación se convierte en un pseudoparque acuático postapocalíptico conceptualizado oficialmente como un «organismo maquinista» que funciona a la vez como «parque de atracciones submarino, planta de tratamiento de aguas residuales y edificio sagrado». Allí, una moto de agua atraviesa de forma violenta y compulsiva las piscinas artificiales, conviviendo con elementos como «sabuesos robóticos infernales» en un entorno donde los fluidos de los propios visitantes se integran en el espacio, en diálogo con las figuras sumergidas que habitan esas aguas recicladas.
La artista, conocida por anteriores proyectos como Sancta (2024) u Ophelia’s Got Talent (2023), desarrolla un trabajo que lleva al cuerpo a extremos de exposición y vulnerabilidad, especialmente violentos en el caso del cuerpo femenino en la edad contemporánea, combinando una suerte de referencias esperpénticas, circenses, grotescas, humorísticas, populares, ecológicas y sociohistóricas, que constriñen y controlan el cuerpo femenino, actuando como trabajos operísticos, sometidos al cansancio, la repetición y la extenuación que, en el caso de Venecia, no prefigura una catástrofe futura sino un colapso social inmediato.
Un estruendo metálico humano, una alarma continua, con miles de espectadores como testigos, alertagados en una laguna de exceso, deseo, contaminación y espectáculo en una performance como renacimiento especular de una Venecia también extenuada.