La colección de la Fundación Calparsoro se narra casi por sí misma: Miriam Cahn, Kara Walker, Carrie Mae Weems, Lorna Simpson o Huma Bhabha; un corpus de obras fuertemente enraizadas en cuestiones como el cuerpo, el género, la sexualidad, la política, el elemento social-experimental o lo queer.
Presidida por el empresario Gabriel Calparsoro (San Sebastián, 1964) y vicepresidida por su marido, el arquitecto José Gorritxo, la fundación ha presentado recientemente su primera intervención institucional en el Museo Lázaro Galdiano, a partir de Once Again… (Statues Never Die) (2022), instalación del artista y cineasta británico Isaac Julien.
Conversamos con Gabriel Calparsoro y José Gorritxo sobre su colección, su propia narrativa y la naturaleza de su coleccionismo.
sirocomag: Queríamos empezar preguntando cómo comienza vuestra relación con el coleccionismo y cómo esa colección privada —que quizá en un inicio no tenía vocación pública— pasa con el tiempo a adquirir una dimensión más institucional.
Gabriel Calparsoro: La colección empezó hace algo más de veinte años, aunque me resulta difícil poner una fecha exacta. En realidad, cuando empecé a comprar obras de arte no lo hacía con la intención de construir una colección ni me pensaba a mí mismo como coleccionista. Simplemente descubrí el poder emocional del arte y empecé a sentir una conexión muy fuerte con determinadas prácticas y con algunos artistas.
Eso ocurrió sobre todo durante una etapa en la que viví en Nueva York, a finales de los ochenta y principios de los noventa. Era un momento muy potente: el sida estaba en su punto más álgido, había mucho activismo político en torno a la enfermedad y muchos artistas trabajando en ese contexto. Yo me sentí muy implicado con todo aquello y entré en el arte un poco desde ahí.
Empecé a comprar algunas obras que tenían relación con lo que yo estaba viviendo, porque quería convivir con ellas. De alguna manera encuentras refugio en esas obras: sientes que hablan de lo que a ti te importa. Fue un proceso muy orgánico que se fue desarrollando con el tiempo.
Yo soy autodidacta, así que el proceso ha sido lento. He necesitado mucho tiempo para leer, investigar, ver exposiciones, desarrollar el ojo. Poco a poco fui comprando más obras y, sin darte cuenta, llega un momento en que los demás empiezan a llamarte coleccionista, aunque tú todavía no te veas así.
SM: Ya no te percibes así.
GG: Exacto. Hasta ese momento no lo habías pensado de esa manera, pero llega un punto en el que dices: bueno, pues sí, es verdad. Entonces el arte empieza a ocupar mucho espacio en tu vida: lecturas, viajes… incluso empiezas a viajar en función de las exposiciones que quieres ver.
Y llega también el momento en que tienes un número de obras considerable y te empiezan a pedir préstamos desde museos.
SM: Eso ya es serio.
GG: Sí, ahí ya te das cuenta de que la colección ha tomado forma. Y descubres algo muy bonito: ver la obra en otro contexto, en diálogo con otras piezas, y ver cómo la gente la disfruta. En ese momento entiendes que una colección tiene sentido si se comparte.
La fundación surge precisamente como un vehículo para compartir la colección.
SM: Os habéis constituido como fundación hace relativamente poco, ¿no?
GG: Sí, hace unos meses, todavía no llega al año.
SM: Y de momento no tenéis sede física.
GG: No. Nos planteamos tener una sede física, pero enseguida nos dimos cuenta de que nos apetecía empezar de una manera más ligera: activando las obras de la colección a través de colaboraciones con instituciones públicas o privadas.
Queríamos que fuera algo que nos estimulase y nos divirtiera, no convertir la fundación en una carga con una sede, un programa fijo y una estructura que mantener. Preferimos funcionar a través de afinidades con otros agentes.
Además, nos interesa mucho experimentar. Este primer proyecto, por ejemplo, se desarrolla en un contexto institucional.
SM: El del Museo Lázaro Galdiano.
GG: Sí. Ha surgido de manera muy natural y estamos felices porque esta obra es muy importante para la colección y para nosotros.
Pero también tenemos interés en llevar obras a otros contextos, incluso a lugares donde el arte contemporáneo normalmente no llega. Nos gusta preguntarnos qué pasa cuando una obra se introduce en espacios de la vida cotidiana y genera conversaciones desde ahí.
¿Por qué no llevar una obra a un centro educativo?
SM: A mí me interesa mucho esa idea de sacarla del museo, que es donde normalmente se espera encontrarla.
GG: Claro. O llevarla a un centro penitenciario o a un centro de mayores, y generar conversaciones en torno a las cuestiones que plantean las obras. A mí el arte me apasionó cuando me di cuenta de que estaba conectado con la vida y con los temas que me importaban.
Nos gustaría que la fundación pudiera replicar ese efecto en otras personas y en otros públicos.
Además, no buscamos relevancia mediática. En este caso, al tratarse de un artista consolidado y de un museo importante, el proyecto tiene más visibilidad. Pero también nos interesa hacer proyectos en lugares más pequeños o menos visibles. Lo importante para nosotros es compartir y generar conversaciones.
Ahora que entiendo que las adquisiciones son más conscientes, ¿ha cambiado vuestra forma de comprar obra o sigue siendo principalmente emocional?SM: Una cosa que me llamó mucho la atención de la fundación es ese componente casi humanista. Hoy en día parece que todo lo relacionado con el arte contemporáneo tiene que hacerse a gran escala para ser sostenible. En vuestro caso, por ejemplo, activar una obra aquí en el Lázaro Galdiano también es una forma de contar la colección.
GG: En realidad sigue siendo igual. Es la única manera que sabemos hacerlo.
Cuando descubrimos un artista a través de una obra o de una exposición, lo primero que queremos es entender su universo. Contactamos con la galería, pedimos catálogos, material, investigamos mucho. Intentamos comprender bien la práctica del artista.
Si sentimos una conexión fuerte con ese universo, entonces consideramos la compra de una obra.
SM: Y hablar con el artista también.
GG: Sí, siempre que es posible. Por ejemplo, en el caso de Isaac Julien estuvimos en su estudio en Londres antes de comprar la pieza. Hablamos con él sobre la obra y él también quería conocernos, porque para el artista es importante saber en manos de quién está su trabajo.
Además, cuando tienes una obra también tienes una responsabilidad: defenderla, protegerla y hacerla circular.
Para nosotros no se trata de una posesión. Más bien sentimos que custodiamos esas obras para poder compartirlas.
SM: Muchos artistas de vuestra colección han cuestionado el canon tradicional. ¿Consideráis que coleccionar también es una forma de preservar memoria?
GG: Sin duda. El arte contemporáneo —y el arte en general— habla de lo que ocurre en la sociedad en cada momento.
Nosotros tenemos bastantes artistas afroamericanos y también artistas LGTBI, en parte por nuestra relación con Nueva York y por los artistas y galerías que conocimos allí. Además, siendo parte de la comunidad, es un tema que nos interesa especialmente.
En ese sentido, sí: coleccionar también es una forma de registrar una memoria y de contribuir a preservarla.
SM: Es interesante cómo las obras parecen tener un recorrido lineal, pero en realidad funcionan más como ciclos. Obras que en su momento tenían un significado concreto vuelven a adquirir otros sentidos con el paso del tiempo. Por ejemplo, la obra de Isaac Julien aquí, en una institución con una carga histórica tan fuerte, adquiere un significado completamente distinto.
GG: Sí, y eso fue algo bastante intencionado. Este lugar tiene una carga histórica muy fuerte.
Cuando vimos la obra de Isaac Julien en este contexto entendimos por qué tenía que estar aquí. De hecho, no habíamos pensado inicialmente en este museo; fue al conocer el espacio cuando vimos el diálogo tan directo que se producía entre la obra y el lugar.
Además, despierta una lectura crítica que nos parecía muy interesante. A nosotros nos interesa generar debate y conversaciones.
SM: También tenéis artistas que trabajan mucho con el cuerpo como territorio, como Miriam Cahn o Nan Goldin. Son temas que incluso hoy siguen siendo incómodos en algunas instituciones.
GG: Sí, estoy totalmente de acuerdo contigo. Como fundación privada sin ánimo de lucro tenemos una libertad que otras instituciones quizá no tienen.
Y al no tener sede ni un programa fijo también podemos experimentar más, salir de las fórmulas convencionales y arriesgar.
SM: No tenéis que mantener una línea institucional rígida.
GG: Exacto. Somos muy libres.
De hecho, hubo un par de proyectos muy bonitos que finalmente no salieron adelante porque la institución implicada se asustó un poco y no quiso llegar hasta el final. Nosotros preferimos no hacer las cosas a medias. Si un proyecto no puede realizarse como lo imaginamos, preferimos esperar o buscar otro contexto.
SM: Esa libertad a veces es difícil dentro de las instituciones.
¿Qué relato dirías que cuenta vuestra colección?
GG: No es fácil responder desde dentro, porque uno no tiene tanta distancia. Pero sí es cierto que la colección nace de mi propia experiencia vital.
Yo crecí en el País Vasco después de la muerte de Franco, en un contexto muy conservador. Fue un proceso personal complejo. Durante mucho tiempo busqué en el arte una manera de decir cosas que yo no podía expresar abiertamente.
Por eso en la colección hay un componente social y político bastante fuerte: cuestiones de género, identidad, memoria… No es una estrategia, es simplemente una forma de estar en el mundo.
SM: Claro, una colección también refleja una manera de mirar la realidad.
GG: Exacto. Es casi una necesidad. Hay artistas y obras que me fascinan, pero pienso: me gustan, pero yo no viviría con ellas.
Las obras tienen que nutrirte. Tú las cuidas y las defiendes, pero también te ayudan a crecer.
A mí el arte, y el proceso de coleccionar, me ha ayudado muchísimo a desarrollarme como persona y a encontrar mi identidad.
SM: El arte a veces habla de cosas que todavía no sabemos poner en palabras.
GG: Sí, completamente.
SM: Sé que es difícil hablar de obras concretas, pero ¿hay alguna con la que ahora mismo os sintáis especialmente vinculados?
GG: Hay una fotografía de Nan Goldin que para mí marca casi el comienzo de la colección. Es una imagen muy explícita de dos hombres haciendo el amor.
Nos ha acompañado durante más de treinta años. Nosotros cambiamos mucho la instalación de las obras en casa, pero esa siempre vuelve.
Ahora la tenemos en nuestra casa de Madrid y sigue siendo una pieza muy potente. Además Nan Goldin es una artista que vuelve a mirarse con mucha atención.
Para nosotros fue una obra muy importante también en términos personales, casi como una forma de reafirmar nuestra identidad.
SM: Para terminar: desde que empezasteis a coleccionar hasta hoy, ¿creéis que el arte sigue teniendo la misma libertad o el mercado condiciona cada vez más?
GG: Creo que conviven muchas cosas al mismo tiempo. El mercado ha crecido muchísimo, es más agresivo y global, y eso influye en algunos artistas, que pueden sentirse presionados a producir de una manera más comercial.
También hay instituciones que se han vuelto más prudentes y arriesgan menos en sus programas.
Pero al mismo tiempo hay una reacción contraria: artistas muy valientes, muy radicales, y algunas instituciones que siguen defendiendo una programación libre.
Hay una tensión muy fuerte, una cierta polarización. Pero si uno busca, encuentra voces muy interesantes.
El coleccionista Gabriel Calparsoro, el artista Isaac Julien y José Gorritxo en la presentación de la Fundación Calparsoro. Fotografía por Santiago Herranz, cortesía de Acerca Comunicación