abocados a nuestra propia destrucción, flotamos en una marea de gente idéntica a nosotros

El mundo es un lugar verdaderamente aterrador y, por si fuera poco, el ser humano se ha encargado de llenarlo aún más de cosas a las que se puede temer. Miedo irracional a multitud de conceptos abstractos generados a la par que se desarrollaban las sociedades modernas. Ya no le tememos al lobo, sino a las condiciones materiales de nuestra vida en el marco socioeconómico capitalista y a sensaciones negativas derivadas del modo de relacionarnos socialmente que éste nos imbuye. Vivimos rodeados de barreras emocionales que nos autoimponemos sin darnos cuenta y coaccionados permanentemente por un modo de vida frenético, artificial, que destruye toda forma de vida sincera, natural y esencialmente humana. 

Somos producto de estos mecanismos voraces; somos engañosos, fútiles, nos definimos a través de nuestra imagen y de lo que aportamos al engranaje. Esto puede ser, incluso, el sustento de nuestro orgullo y nuestra vanidad. Pretendemos diferenciarnos unos de otros a través de las superficialidades que el sistema pone a nuestra disposición para que nos identifiquemos y construyamos nuestro yo y nuestra gran y única personalidad. Pero no hay forma de que esto verdaderamente pueda distinguirnos. La cultura de masas ha contribuido a formar un gigante conglomerado de personas que únicamente se diferencian ligeramente entre sí. Todos somos, esencialmente, lo mismo. Creer que somos distintos, que nuestra individualidad destaca por encima de la de otros, es un grandísimo error. 

Vivimos condenados a ser uno más, a fundirnos en masas indistinguibles de gente, sumergidos en mares de problemas de difícil solución, abrumados por todas las situaciones extenuantes a las que nos toca hacer frente en un día a día que no termina y delimitados por barreras infranqueables que nos impiden salir a la luz.

Me pregunto a menudo cuál es el futuro que nos depara, si habrá alguien que piense en esto y encuentre la manera de hacer algo al respecto o si, en cambio, nuestra única opción es seguir a la deriva en nuestra barca de madera esperando el momento en el que choquemos contra una roca. No albergo esperanzas respecto a lo primero -la esperanza es algo a desechar- y más bien creo que estamos abocados a nuestra propia destrucción. Existimos atenazados por el miedo al sufrimiento y a la muerte y, sin embargo, caminamos inconscientemente hacia ellos; con los ojos cerrados, cogidos de la mano protectora del sistema, cada vez más deprisa, dejando que el aire ondee nuestros cabellos y disfrutando cada instante en el que esa mano que nos arrastra indefectiblemente afloja levemente la tensión que ejerce en la nuestra.

Categoría: no

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