la melancolía no es solo una pasión inútil que lleva a la oscuridad

Si rastreamos históricamente el inicio de la melancolía en la modernidad occidental debemos retrotraernos a principios del siglo XIX, con los poetas malditos franceses. Aquel movimiento literario, el decadentismo, se extendió como el cólera entre los escritores del momento. Hablo de Verlaine, de Rimbaud, del gran Baudelaire, que con Les fleurs du mal tan maltrecha me dejó en su lectura (aunque quizás, no tanto como a él). Estos escritores insuflaban sus obras de una pulsión existencial, que luego tan hondo calaría en literatos posteriores como Kavafis, Rainer Maria Rilke, T.S. Eliot, Natalia Ginzburg, Borges, García Lorca, Alejandra Pizarnik o Sylvia Plath.

Esta actitud vital, romántica por antonomasia, la vemos en el expresionismo alemán, con Munch a la cabeza. Sin embargo, esta herencia llega hasta nosotros, cristalizada en la sociedad moderna, cuyo poso melancólico latente se puede apreciar en obras del siglo XX como en los personajes que protagonizan los lienzos de Hopper.

Tradicionalmente se ha asociado la melancolía a partes oscuras del ser humano, aún desconocidas, y que, por aquello de rechazar lo que aún no entendemos, disfrazamos este rehúso de racionalidad vacía.

Siempre he entendido la melancolía como una epifanía de la humanidad; como una parte inherente al ser humano, una parte de recogimiento y proyección interior, tan necesaria como mal entendida. Esta proyección interior, a veces se torna en veneno que, decididamente, bebemos sin cuestionarnos el porqué; pero como todo, la virtud está en el equilibrio, claro. Como iba diciendo, la melancolía siempre vuelve sin ser esperada, y nosotros, podemos canalizarla a través de cualquier actividad que exija la implicación directa del cuerpo y el espíritu, como las artes.

La visión negativa de la excesiva melancolía, que se tilda en ocasiones de lúgubre, oscura y gris (todo lo que genera rechazo en Occidente como diría Tanizaki) es real y vital, al contrario de lo que se cree. Es abrir la concepción que tenemos del ser humano, que no siempre debe ser alegre, luminoso y despierto y abrazar la melancolía, para poder llegar a entendernos, con nuestras partes incomprendidas incluidas.

El arte, en su máxima extensión, siempre me ha ayudado a percibir  -y digerir- partes de mí misma que, a veces, no podía racionalizar ni explicar desde lo tangible. Y es por esto que, polarizar y etiquetar no es más que colocarnos un gran lastre para no poder andar más; y que aceptar la parte sombría y funesta no conlleva necesariamente deseos aciagos.

A veces me empeño en ver la melancolía por todas partes pero es que, me topo de bruces con ella constantemente.

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