las formas artificiales inundan nuestras vidas e intentan alejarnos de lo que reside en la base propia de nuestra existencia: el arte

Viajaba en coche, del suroeste al centro de la Península. Atardecía y enfrente de nosotros se atisbaba una luna llena gigante, flotando en mitad del cielo, que comenzaba a tornar a las tonalidades más oscuras del azul. Cruzábamos las carreteras con la naturaleza como escenario: campos de girasoles, montañas, pequeños bosques, colinas. Hacía bastante calor, ya que era en pleno verano. Tras los cristales podía divisar, además de la naturaleza, las edificaciones propias de la mano del hombre, así como otros vehículos, como aquel en el que me encontraba en ese momento. Mientras veía todo aquello realizado de manera industrial y artificial -edificios, automóviles, extensible a su mayor representación, las grandes ciudades en las que solemos vivir en busca de gloriosas oportunidades- pensaba en la artificiosa realidad que recrean y que no hace más que alimentar una vida falsa e irreal.

 

Crecemos y nos desarrollamos en estas urbes, que en ocasiones pueden alimentarnos el ego pero no el espíritu, desconectando de aquello de dónde venimos: la naturaleza en su plenitud. Sin entrar en críticas sobre la precariedad laboral, las injusticias sociales y el malestar general, tan candentes en la actualidad, vivimos en una esfera que queda lejos de lo natural al ser humano. Dentro de la naturaleza, el arte en su mayor plenitud de la palabra -música, escritura, cualquier disciplina de arte plástico y un largo etc de representaciones artísticas humanas- es lo único aparentemente ajeno al hombre que vive en realidad dentro de nosotros y que emana de nuestra naturaleza más primitiva. A través del Arte nos expresamos, sentimos, entendemos, sufrimos, nos desahogamos y, en definitiva, nos hace sentir plenamente vivos.

 

Como si aquella imagen causara en mí el mismo efecto que la magdalena de Proust, recordé cuando era pequeña y no concebía las formas a mi alrededor de las casas de la calle como naturales sino como sombras totalmente ajenas a mí; también me sobrevino la fascinación de la niñez de cuando conseguíamos crear algo con nuestras propias manos, crear de la nada.

 

En la raíz del ser se encuentra ese motor de creación innato, que ha sido alejado de nosotros de manera genuina y ha vuelto a lo largo de la historia en algunos movimientos y escuelas como la célebre Bauhaus alemana o las Arts and Crafts.

 

Sin más, el ser humano pertenece a la naturaleza, y el arte es nuestro mayor motor.

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