Foto cabecera: Bluebeard’s Wife (1969) Arman (Armand Fernandez)
83,5 × 29 × 32 cm Resina de poliéster y brochas de afeitar © ADAGP, Paris and DACS, London 2022

Desde la Antigüedad clásica hemos visto la desnudez en los cuerpos de los dioses: arquetipos de belleza ideal, estética apolínea, formas esbeltas, firmeza en sus carnes y áureas proporciones. El desnudo es parte fundamental de la mitología y del arte: ¿no es acaso la representación más verdadera del animal humano? En el Renacimiento la representación corporal desvestida se sigue utilizando, siempre apegada al motivo mitológico pero también con fines eróticos soterrados. La poderosa clientela tendría así un pretexto para proyectar sus deseos sobre ciertos rincones del cuerpo ajeno sin temor a la cruenta censura católica; el desnudo es parte de la historia mitológica y una Venus vestida dejaría de ser una Venus. Sin embargo, desde las primeras grandes civilizaciones occidentales hasta el epítome de su modernidad, lo púdico como carácter definitorio también existió pero conviviendo siempre con el cuerpo humano ausentado del vestido -y sus vergüenzas-.

 

La actualidad pasmosa, el antropoceno, la era tecnológica por excelencia, el siglo XXI. ¿El culmen de la libertad y la libertad sexual?, liberalización y democratización del cuerpo, redes sociales que dictan nuestros tiempos -igual que antes lo hacía la propia iglesia: la misa diaria, el storie que subir-, nos revisten de un carácter raro y peculiar como sociedad. El libre mercado de curvas, músculos, espejos y máscaras se concibe a veces de manera independiente de acontecimientos pasados. Podría pasar desapercibida la herencia política e ideológica del siglo XX – quizás la más feroz y represiva época de la historia humana-, cuando el Estado y sus dictadores -incluidos los poderes religiosos- alcanzaron efectivísimos medios técnicos, propagandísticos para modelar al ciudadano a su imagen y semejanza, enterrando o incinerando con absoluta conciencia y frialdad las esquirlas sociales sobrantes.

 

Ahora las redes sociales suponen un triunfo del capitalismo, un escaparate de los personalismos en los que la libertad se enraíza en la soledad y en la necesidad de valoración ajena. El refuerzo positivo en forma de píxeles es potente para nuestras psiques alienadas y anestesiadas; el cuerpo como moneda de cambio.

En los actuales y peculiares tiempos, se entremezclan tendencias presentes, miradas hacia el futuro y también herencias del pasado, que a veces desembocan en curiosas incongruencias. La censura es un personaje más del panorama aparentemente libertario de los algoritmos de redes sociales como Instagram, como hemos podido ser testigos en el caso de la artista y performer Candela Capitán por una pieza que tuvo lugar en el Tenerife Espacio de las Artes (TEA): unos pechos femeninos vinculados a la danza en un marco artístico mostrados al espectador.

 

Glándulas mamarias en un contexto tan artístico y aséptico como La maja desnuda goyesca podrían no ser condenadas a la damnatio memoriae porque no son vistas ahora como una provocación al espectador pero esto contrasta con dos situaciones simultáneas: la censura de Candela Capitán y la búsqueda insaciable -por parte de un enorme sector de la sociedad- de cuerpos hipersexualizados sometidos y maltratados en millonarias plataformas virtuales.

 

El público escandalizado ante la obra de arte, emite sus juicios morales, condena y se santigua, mientras  consume prostitución y violencia en su historial de búsqueda privado. ¿Privado? El pecado siempre de puertas para adentro.

 

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