Obra fotografía: Meridiano de Madrid: sueño y mentira, Pep Agut. Palacio de Cristal, Madrid

Poder acudir a un museo es una cuestión política: la democratización del acceso a muchas de las grandes obras de la humanidad no es casualidad, sucedió tras la Revolución Francesa.

El actual peregrinaje a los museos -más allá de las modas pasajeras- forma parte de la espiritualidad moderna: soy invitado a despojarme de mi personalidad para, de la mano del talento y las musas de nuestros antepasados, aliviar el terrible miedo a la ausencia del yo que trae consigo la muerte; a salir de esta vida para fundirme con la eternidad que se atisba en las formas y los colores que nos contemplan tras célebres vitrinas.


Sensatos y sinceros en algunas ocasiones, perturbados y coléricos otras, los caminos vitales son impredecibles. Aguardando en las postreras ruinas, viajando en tren o bebiendo esa droga a la que llamamos café, me disipo y me elevo cuando puedo estar en contacto con el arte.


Ni siquiera me convencen los museos de hoy, con sus excesivas y conservadoras normas, sus nefastas luces y pésimas localizaciones -esto excluye a la doble Roma, la papal y la pagana-.

Ahora los púlpitos son ocupados por doctas (audio)guías que, aclamadas por el gran público, conducen al sonámbulo visitante por una única y masticada interpretación, tan correcta y universal como ajena al él mismo.


El sentido obligatorio de la visita, lo aséptico de los muros que oprimen el vital latido particular que emana cada obra. -Muéstreme su QR. Entre por aquí, salga por allá. No se acerque a la obra. Rápido. Gracias por su visita, 98.724.-


¿Paradoja?: las formas museísticas se han tornado en la antidemocracia.

Poder acudir a un museo es una cuestión democrática, su funcionamiento no lo es.

 
Pese a todo bullicio, estos, al igual que los templos religiosos, se muestran como tácitos mausoleos, donde reinan la belleza y la quietud de un mundo cada vez más alejado del de los vivos. Puntos cardinales de las urbes transformadas en grandes moles. Columnas vertebrales de ciudades que presencian formas de vida abocadas al desastre y la destrucción para, luego, retornar a la paz de la ausencia.


Hoy hay más arte del que nunca jamás hubo, pero probablemente menos del que habrá mañana. Los excedentes artísticos, al igual que los objetos de consumo y las personas marginadas que acostumbramos a desechar, se tornan en desperdicios acumulables.

El futuro del arte se apuntala entre graníticas interrogaciones. Su deceso y posterior sepultura son un hecho pero, ¿en qué edad nos encontramos? ¿Vivimos acaso la vejez agónica del arte, o la infatigable levedad y perpetua existencia de los neos?

El argénteo rastro del caracol en las hojas durante la noche siempre me da aliento.

¿Es posible que el arte tenga una nueva Resurrección? Solo sé que el arte murió.

Y la humanidad con él.

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